SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.39 issue6La educación dental en un momento crítico: Consideraciones generales en el entorno profesional de América del NorteGonorrea: la perspectiva clásica y la actual author indexsubject indexarticles search
Home Page  

Salud Pública de México

Print version ISSN 0036-3634

Salud pública Méx vol.39 n.6 Cuernavaca Nov. 1997

http://dx.doi.org/10.1590/S0036-36341997000600010 

ENSAYO

 

La violencia y sus repercusiones en la salud; reflexiones teóricas y magnitud del problema en México

 

MARTHA HÍJAR-MEDINA, C.D., M.S.P.,(1) MARÍA VICTORIA LÓPEZ-LÓPEZ, M.M.S.,(1) JULIA BLANCO-MUÑOZ, M.S.P.(2)

 

 

RESUMEN
El problema de la violencia se ha analizado a través de distintos enfoques caracterizados todos por la fragmentación, pues cada disciplina ha impreso su punto de vista, de acuerdo con propósitos particulares sin que se hayan integrado los avances alcanzados en cada una. Las tres grandes vertientes a través de las cuales se ha hecho un intento por aproximarse al fenómeno son las ciencias sociales, las penales y, recientemente, la salud pública. En este trabajo se discuten, de manera general, las perspectivas teóricas que plantea cada una de esas vertientes y se destaca el impacto que sobre la salud tiene este problema, mediante la revisión de trabajos realizados en México sobre mortalidad y morbilidad debida a hechos violentos.
PALABRAS CLAVE: violencia; salud pública; México

 

ABSTRACT
Our understanding of violence gains from perspectives contributed by several different disciplines. The differences among goals and points of view are often reflected in their vocabularies and interfere in to integrate the advances by each of them. Three big disciplines have been studies violence, those are: Social Sciences, Criminal Justice and most recently Public Health this paper present discuss the theoric perspectives by discipline and try to dimensionated the Violence problem measure by Mortality and Morbidity by Intentional Injuries in Mexico.
KEY WORDS: violence; public health; Mexico

 

 

Desde la perspectiva de la salud pública, el análisis de la violencia debe partir de la base de que se trata de un fenómeno predecible y, por lo tanto, prevenible. Existen barreras sociales que impiden detectar los efectos de la violencia sobre las condiciones de salud de la población; los homicidios, altercados, luchas y violaciones, entre otros, se encuentran categorizados, de acuerdo con su frecuencia, en orden decreciente como: ocurridos entre miembros de una misma familia, amigos, familiares y extraños;1,2 en ese sentido la relación, a veces tan cercana, entre agresores y agredidos ocasiona que muchos de esos hechos no se denuncien y, en consecuencia, no se registren.

A fin de analizar y controlar el fenómeno de la violencia, la salud pública establece que debe considerarse como un problema de salud que se traduce en muertes, enfermedad y disminución en calidad de vida.3 Lo anterior ha permitido la identificación de grupos de alto riesgo y, en consecuencia, la puesta en marcha de programas y estrategias de prevención.

Por otro lado, se han establecido las categorías de lesiones accidentales y lesiones intencionales con la finalidad de diferenciar los mecanismos que subyacen a su presentación.4 Sin embargo, algunas veces dichos mecanismos no son fácilmente identificables; así, existen lesiones aparentemente accidentales que son el resultado de actitudes deliberadas de producir daño físico, mientras que otros tipos de violencia interpersonal (como el homicidio involuntario o imprudencial) no traen aparejada la intencionalidad.5

Expertos en el área6 sugieren que la violencia debe entenderse como la interacción entre factores que tienen que ver con el desarrollo psicosocial de los individuos, sus diferencias neurológicas y hormonales y los procesos sociales que se dan a su alrededor.

Existen tres grandes vertientes a través de las cuales se ha intentado con mayor interés aproximarse al análisis del fenómeno de la violencia: las ciencias sociales, las penales y la salud pública. El objetivo de este trabajo es discutir las perspectivas teóricas que plantea cada una de esas vertientes, así como analizar el impacto de la violencia sobre la salud, a través de la revisión de trabajos realizados en México sobre mortalidad y morbilidad por hechos violentos.

 

Consideraciones teóricas

La violencia se ha definido tradicionalmente como: hechos visibles y manifiestos de la agresión física que provoca daños capaces de producir la muerte.7 Asimismo, se ha conceptualizado como las formas de agresión de individuos o de una comunidad que no se traducen necesariamente en un daño físico.

Con frecuencia se piensa en la violencia como hechos imprevisibles, inmodificables y prácticamente inevitables; se asume que a lo más que se puede llegar es a registrar su magnitud, tratar de restaurar los daños causados y, en el mejor de los casos, a sugerir algunas prácticas preventivas, básicamente en el ámbito de la conducta individual. Desde esa perspectiva, la violencia se ha considerado como algo cotidiano, un hecho rutinario con el cual se ha aprendido a vivir y que sólo impacta cuando se es la víctima o cuando, por su magnitud y gravedad, adquiere proporciones espectaculares y causa daños físicos visibles.8,9 Sin embargo, cuando se considera que la violencia, más que un hecho "natural" es el resultado de la aplicación de la fuerza por ejercicio del poder de un individuo sobre otro, sobre un colectivo o sobre sí mismo,10 se ha dado un paso más en el conocimiento. En este caso, la violencia queda caracterizada como un proceso histórico social cuya génesis y ejecución están mediadas por una serie de condicionamientos individuales y sociales que la constituyen en algo más que un hecho que provoca daños capaces de causar la muerte.

Distintas disciplinas han proporcionado diversas maneras de abordar el problema de la violencia; no obstante, prevalece la fragmentación pues cada una de ellas proporciona su visión particular en la cual no están integrados todos los avances logrados en el conocimiento sobre esta materia.

Así, para la sociología el fenómeno de la violencia se ubica en el marco de las relaciones macrosociales, donde violencia y poder parecen ser conceptos inseparables. Como instrumento de dominación, el Estado organiza el poder mediante el uso legítimo de la fuerza,11 y la violencia, como medio de dominio, es expresión de subyugación y de correlación de fuerzas. Si bien la violencia es un instrumento fundamental del Estado para perpetuarse y mantener la organización social, también los sectores que se oponen a determinadas directrices o situaciones recurren a ella. Como producto de hechos que trascienden las voluntades de los agresores, la violencia se constituye en proceso histórico. Además, como lo expresan algunos teóricos, no toda forma de violencia es negativa pues, en múltiples ocasiones, ha servido para acelerar procesos económicos y sociales de innegable valor histórico.12

La sociología identifica dos formas de materialización de la violencia: a) la manifiesta, que afecta la vida o integridad física de individuos o grupos, de manera que sus manifestaciones son cuantificables; en ella se inscriben actos como el homicidio, los golpes, la violación, etcétera; y, b) la estructural, cuya causalidad se encuentra en las condiciones estructurales de la sociedad y cuyas consecuencias no se pueden atribuir a sujetos específicos;13 esta violencia expresa la capacidad de la organización social para disponer, a la vez, de una gran capacidad de integración y de una fuerte exclusión en el modelo social de desarrollo y se evidencia cuando la vida política y social aísla y margina del bienestar social a importantes sectores.14

Desde el punto de vista legal, la violencia reviste interés en tanto sea un hecho criminal, es decir, una violación a la ley. Desde esa perspectiva no todo hecho violento es criminal y no todo hecho criminal es violento. Por ejemplo, un policía que mata a un delincuente en su ejercicio profesional o un individuo que agrede a otro en defensa propia, no son considerados como criminales (tampoco se considera criminal el suicidio, aunque es un hecho violento). Del mismo modo, un robo en el que no existe agresión física al individuo se considera criminal para las leyes, pero no se concibe como violento. Además, para la ley es fundamental la determinación de la intencionalidad, entendida ésta en un preciso sentido de premeditación; de manera que el establecimiento de si hubo o no intención en la comisión de un acto violento es un elemento fundamental para la atribución de culpabilidad5 y aquellos actos en que concurren premeditación, alevosía y ventaja se consideran y sancionan de diferente manera que aquellos en los que no se dan estas condiciones. Así, la violencia en la perspectiva legal se concibe como un proceso producto de la voluntad individual, lo que permite a los legisladores atribuir la responsabilidad en la ejecución del acto violento; como consecuencia lógica de lo anterior, el interés de aquéllos se ha centrado sobre todo en el agresor y no en la víctima. En este sentido existe, por ejemplo, una categorización del homicidio en culposo y doloso; el primero se refiere a todo aquel que haya sido responsable de la muerte de alguien (que incluye desde al que atropelló hasta al que usó arma de fuego) y el segundo al que, además, huye para evadir la justicia.15

La perspectiva legal, si bien constituye un marco para mantener el orden social, es limitada en la medida en que aísla el hecho violento del contexto social en el que éste se genera. Así, las acciones legales relacionadas con la violencia son fundamentalmente punitivas (aunque se consideran preventivas en el sentido de que son formas de disuadir a posibles criminales o que, al recluir a algunos de ellos, se disminuye el número de delitos que los mismos habrían cometido en caso de estar en libertad) y no tanto correctivas o preventivas.

Desde la perspectiva de la salud pública, la violencia se percibe como problema porque los actos violentos ocasionan daño físico, discapacidad, secuelas, un gran número de años de vida potencial perdidos y disminución de la calidad de vida.

La investigación en este campo se ha centrado en el estudio de la frecuencia y gravedad de las lesiones producidas por hechos violentos, la delimitación de grupos de riesgo y el impacto que tienen dichas lesiones con respecto a los servicios de salud.

Metodológicamente las lesiones se han dividido en intencionales y en accidentales o no intencionales. Al respecto, las investigaciones han estado limitadas por problemas derivados de la Clasificación Internacional de Enfermedades y Causas de Muerte, ya que comúnmente se describen las lesiones como accidentes y violencias en conjunto, incluso se tiene una clasificación suplementaria de "Causas Externas de Traumatismos y Envenenamientos" que engloba las causas accidentales y las intencionales en un solo grupo;16 sin embargo, unas y otras obedecen a causas diferentes, tienen distinto impacto y su diagnóstico y prevención deben enfocarse en aspectos distintos del quehacer social. Por otra parte, el análisis respecto a morbilidad se ha basado en las lesiones que son objeto de demanda en los servicios de salud, desconociéndose la magnitud real del problema que incluye, además, todas aquellas que no llegan a los servicios o que se ocultan como otras causas.

El papel de los servicios de salud se ha centrado, sobre todo, en la atención del daño físico, mientras que los aspectos relacionados con la salud mental (en el agredido y en el agresor) y con la prevención de la violencia han quedado relegados.

 

Magnitud de los daños a la salud provocados por hechos violentos

En este trabajo, las repercusiones de la violencia en la salud se agrupan en dos grandes capítulos: homicidio y suicidio. Por otra parte, se desarrolla un apartado sobre las repercusiones de este problema en los servicios de salud.

Homicidio

Los diversos tipos de violencia pueden desencadenar un homicidio, que es la materialización última de aquéllos. En 1986, México presentó la mayor tasa de homicidios respecto a otros países del Continente Americano.17 La tasa de muerte por esta causa en México ha pasado de 17.5/100 000 habitantes en 197918 a 19.1/100 000 habitantes en 1992, constituyendo la primera causa de muerte dentro del capítulo de lesiones accidentales e intencionales y la primera en la población en edad productiva. Estas tasas presentan importantes variaciones regionales que van de 3.0/100 000 en Yucatán, hasta 57.0/100 000 en Guerrero.19

Entre 1979 y 1992,20 se observó una tendencia ligeramente descendente en la tasa de homicidio (b = -0.007); el sexo masculino tuvo un riesgo 10 veces mayor que el femenino y, tomando como grupo de referencia el de 10 a 14 años, aquellos que presentaron mayor riesgo relativo (RR) fueron los de 35 a 49 años y los de 45 a 49, con RR 15.4 (IC 95% 14.9-16.0) y 14.5 (IC 95% 14.0-15.0), respectivamente. El RR de los ancianos de 75 y más años fue muy similar al de los jóvenes de 30 a 34 años; cabe señalar que el maltrato y el homicidio en ancianos no ha sido suficientemente abordado en México; es necesario realizar estudios específicos, sobre todo si se toma en cuenta el hecho de que, como consecuencia del rápido envejecimiento que se observa en la pirámide poblacional, en México el grupo de 65 años y más es el segmento de población que más rápidamente está aumentando en términos relativos.

Asimismo, el problema de los homicidios en niños merece una especial mención; en México, de 1979 a 1990, murieron por esta causa 2 939 niños, y la tendencia de la mortalidad en este grupo específico es al incremento (b = 0.129); mientras que en 1979 el promedio era de un niño asesinado cada dos días, para 1990 fue de uno diario.21

Hay, además, estudios que comprueban22 que en 34 a 35% de las muertes por homicidio en niños existen eventos previos de maltrato infantil o abuso sexual y son los menores de un año los que tienen el riesgo más alto de morir tras dichos eventos.23,24 Más allá del dato estadístico, de un lugar entre las 10 primeras causas de muerte, es necesario reflexionar que los homicidios en niños son una -y la más terrible- de las manifestaciones del maltrato infantil, el cual tiene un impacto definitivo sobre sus condiciones de salud debido a las secuelas físicas y mentales que provoca.

En el caso de los ancianos y de los niños es necesario profundizar en el análisis de situaciones de maltrato,4,21,25 en el entendido de que el problema no compete sólo a los defensores de los derechos humanos sino a los sectores encargados de brindar seguridad, administrar justicia y dar atención a la salud física y mental tanto de los afectados como de sus agresores.

En la población joven, del sexo masculino y en edad productiva, el homicidio refleja la existencia de factores de riesgo que van desde el consumo de alcohol3 y drogas hasta cuestiones de rol social, y las muertes se presentan principalmente en la vía pública. En un estudio sobre homicidio en México se encontró que en 56% de los casos la víctima había ingerido bebidas alcohólicas.26 Estudios sobre diversas manifestaciones de violencia (robos, violaciones, asaltos e intentos de homicidio) han demostrado que en muchos de estos hechos, al menos alguno de los dos protagonistas (víctima o agresor) habían ingerido alcohol, presentándose esta característica en ambos, sobre todo en los casos donde el agresor era un amigo o conocido.27-29

Para el caso concreto del consumo de alguna droga, se ha notificado que se actúa en dos sentidos; por un lado, algunos eventos violentos, como los robos, son perpetrados con el fin de obtener dinero para adquirir la droga; por el otro, la existencia de mercados ilegales de droga produce violencia dirigida a expander y controlar dichos mercados.6

En las mujeres, el riesgo de morir a manos de su pareja o de un familiar es más elevado que en el hombre y la mayoría de las muertes femeninas suceden en el hogar.30 Estos fallecimientos constituyen la manifestación extrema de la agresión y la violencia contra la mujer, problema poco reconocido por los sectores de salud y desarrollo, pese a que es un hecho frecuente y una causa significativa de morbilidad y mortalidad femenina.31 La violencia contra la mujer incluye desde la agresión y la violencia doméstica hasta la violación y el hostigamiento sexual. Tradicionalmente este tipo de violencia se ha considerado como un asunto de carácter privado, íntimo o vergonzoso que, de resolverse, se resuelve entre los involucrados.32 Además, la persistencia de los mitos sobre las agresiones hacia la mujer (p.e., el de que la mujer desea en secreto ser golpeada o violada y que provoca a su violador) ha obstaculizado la denuncia, el desarrollo de investigaciones y la adopción de medidas de prevención al respecto. Todo lo anterior es una consecuencia de la forma como se construyen socialmente la masculinidad y la feminidad, de los diferentes papeles sociales asignados a hombres y mujeres, los cuales entrañan, a su vez, relaciones de poder que se reflejan en el patrón de las muertes por homicidio en ambos sexos.1,33-35 Es preciso, pues, desarrollar investigaciones sobre el tema de la violencia desde la perspectiva de género.

Suicidios

En el caso de las muertes por suicidio, algunos autores han mantenido actualizada la información y la discusión al respecto desde una perspectiva cuantitativa.36,37

Como el suicidio es más frecuente en personas con problemas de salud mental, los especialistas en ese campo han sido los que más han trabajado en el manejo y prevención de estas alteraciones, con un punto de vista clínico.38-41

Existe más información sobre muertes que sobre lesiones no fatales, consecuencia de un intento de suicidio, ya que legalmente no es necesario notificarlo, mientras que el suicidio consumado es de notificación obligatoria. Lo anterior explica el hecho de que las fuentes oficiales informen un mayor número de muertes por suicidio que de intentos, lo que difiere de las estimaciones que indican que los intentos son 70 veces más frecuentes que los suicidios consumados.42

Por otra parte, el registro de las muertes por suicidio depende generalmente, de la certificación de un médico legista, quien con frecuencia se ve sometido a presiones de los familiares y/o sociales,43,44 que tratan de ocultar el hecho. En consecuencia, analizar las lesiones autoinfligidas a través de los datos oficiales sobre suicidio da cuenta sólo de una parte del problema.

Durante 1979 a 1993 en México se registró un total de 23 669 muertes por suicidio.45 En conjunto, la tendencia de la mortalidad por suicidios es ligeramente ascendente (b = 0.035). Los hombres presentan un riesgo cinco veces mayor que las mujeres, y los grupos de edad con el mayor riesgo relativo son, para el sexo masculino, el de 70 y más con RR 7.07 (IC 95% 6.06-7.51), y para el femenino, el de 20 a 24 con un RR de 4.10 (IC 95% 3.93-4.29), siendo el grupo de referencia el de 10 a 19 años.

Tomando como referente al Distrito Federal (D.F.), la zona del sureste del país es la que presenta los mayores riesgos destacándose el estado de Tabasco con un RR de 3.97 (IC 95% 3.74-4.21).

Las variaciones en las tasas dependiendo de la edad y el sexo sugieren la necesidad de reflexionar acerca del contexto social en el que los suicidios se están produciendo. Así, para el sexo masculino el problema se da con mayor frecuencia en los ancianos debido a los trastornos depresivos asociados con la involución física inherente al proceso de envejecimiento y, también, con patrones socioculturales que conducen al anciano a situaciones de soledad, aislamiento y pérdida de la autoestima al cesar las actividades consideradas socialmente productivas,46-48 situación que no se presenta en las ancianas, quienes tienen un papel en la red de apoyo social de la familia. Por el contrario, entre las mujeres, son las jóvenes entre 20 y 24 años las que corren mayor riesgo de suicidarse.

Las diferencias entre sexos se extienden a la selección del medio para producir la muerte. Se ha visto que las mujeres utilizan con más frecuencia medios más "suaves" que los hombres, lo que remite nuevamente a cuestiones de género que determinan lo que es socialmente aceptable para unas y otros y el acceso a dichos medios.49,50 El uso de medios menos letales explica la menor frecuencia de muertes por suicidio en las mujeres, ya que la ideación suicida y los intentos son más frecuentes en ellas.51-53

Por otra parte, las variaciones en los estados del país ponen de manifiesto la necesidad de analizar el problema a la luz de las mismas, lo que permitirá entenderlo en el amplio contexto cultural mexicano.

Servicios de salud

En general la cifra de lesiones intencionales atendidas en unidades de salud supera a la notificada a las autoridades.5 El trabajador de la salud desempeña un papel muy importante en el diagnóstico y tratamiento de dichas lesiones. Sin embargo, el reconocimiento médico y la notificación legal de las mismas no se llevan a cabo, en la mayoría de las veces, por las implicaciones que tienen para el paciente y su familia. Cabe recordar lo ya mencionado respecto a la relación entre victimario y víctima y sobre la ocultación que se hace del suicidio. Algunos médicos sostienen que el hecho de denunciar a la justicia estas agresiones no redunda en una solución real del problema sino que, por el contrario, lo puede empeorar ya que se debe acusar a los padres o familiares del paciente, sobre todo en los casos de maltrato infantil y violencia doméstica.33,34,54

Cuando se presentan lesiones graves, los servicios hospitalarios de urgencias son el primer sitio a donde acuden las víctimas. Es innegable el impacto de este tipo de demanda en la organización y funcionamiento de estas unidades. A continuación se describe la situación que se encontró en un estudio realizado en los 24 hospitales de urgencias ubicados en la Ciudad de México.55

De la demanda por lesiones a servicios de urgencias de estos hospitales, 13.6% corresponde a lesiones intencionales, generalmente de gravedad alta, de tal manera que el porcentaje de este tipo de lesionados que requieren hospitalización es mayor al de los que presentan las lesiones accidentales. El sexo masculino es más afectado que el femenino en una relación 3:1. En 67% de los casos, principalmente entre los que suceden en el fin de semana, existe el antecedente de ingesta alcohólica. Las tres cuartas partes de los que se presentan en el sexo femenino suceden en el hogar, mientras que en el masculino ocurren en la vía pública.

Pero no son sólo estos servicios los que deben tomarse en cuenta para conocer la magnitud real del problema. Las áreas de psicología, psiquiatría, salud mental y ginecobstetricia son ámbitos importantes en la detección oportuna de individuos que son o pueden ser víctimas de la violencia. En esos servicios es donde se puede promover el cuidado de la salud y la detección oportuna de este problema. Por otro lado, las áreas de terapia intensiva y de rehabilitación también forman parte de los servicios que atienden a víctimas de lesiones intencionales. Desafortunadamente, al momento de elaborar este trabajo, no se encontró bibliografía respecto a estudios realizados en México que den cuenta del impacto de la violencia en los costos de la atención médica. En relación con el indicador de años de vida saludable perdidos (AVISA), en 1994, debido a homicidios, se perdieron 791 000 AVISA, correspondiendo 61% a muertes prematuras y 39% a años vividos con discapacidad.56

Mención aparte merece el capítulo relacionado con la atención prehospitalaria, pues a lo ya dicho en el párrafo anterior cabe agregar el papel definitivo que tienen este tipo de servicios en la letalidad del problema, sobre todo en lo que se refiere a las lesiones intencionales ocurridas en la vía pública.

Las muertes como consecuencia de una lesión grave, intencional o no, tienen, de acuerdo con algunos autores,57,58 una presentación trimodal: aproximadamente la mitad se presentan dentro de los primeros minutos de ocurrida la lesión y se denominan muertes inmediatas; generalmente son inevitables, aun con el mejor servicio. Siguen las denominadas muertes tempranas, que ocurren dentro de las dos horas siguientes a la lesión y que corresponden aproximadamente al 30%. El resto (20%), las llamadas muertes tardías, se presentan durante las dos o tres semanas posteriores a la lesión y usualmente son resultado de sepsis o síndrome de falla orgánica múltiple. En este sentido se han realizado estudios59 para determinar cuántas de esas muertes pueden prevenirse y bajo qué circunstancias. Los resultados apuntan a que aproximadamente 20% son prevenibles y que las principales causas de defunción son el retraso en la atención quirúrgica y el desconocimiento de la intervención indicada para cada caso.

Por otro lado, es importante recalcar el impacto de este tipo de demanda en el servicio de rehabilitación, que está cada vez más involucrado en la atención temprana de pacientes lesionados.60 Esta situación obliga a organizar los servicios de tal forma que se brinde una respuesta real al problema.

La participación de las unidades hospitalarias en la atención oportuna y adecuada de pacientes lesionados, en la identificación de grupos de riesgo y, por lo tanto, en la prevención del problema, deja claro el impacto de la violencia en los servicios de salud.

 

Consideraciones finales

Una de las consecuencias más visibles de la violencia es la disminución en la calidad de vida de la población, que se ha visto obligada a tomar actitudes que van desde el no caminar por la calle o no salir de noche aun en su misma colonia o vecindario, hasta destinar parte de su ingreso familiar a la adquisición de sistemas sofisticados de seguridad.

Las muertes violentas y los incidentes menores, que no necesariamente se traducen en daños físicos visibles, se han convertido en fuentes constantes de miedo y de desconfianza ante la incapacidad del sistema de protección y procuración de justicia para controlar y prevenir la violencia manifiesta.

La intención de este trabajo no es presentar una revisión exhaustiva ni un análisis teórico y de investigaciones sobre el tema, sino llamar la atención sobre el hecho de que el campo de la salud no puede seguir postergando su participación en el conocimiento real del problema que representan la violencia y sus repercusiones, así como en el planteamiento de medidas de solución. Cabe también insistir en la necesidad de que el abordaje de dicho problema deba hacerse bajo una perspectiva multi e interdisciplinaria (legisladores, sociólogos, trabajadoras sociales, médicos, antropólogos, economistas, etc.) en la que también deben participar el personal que labora en los servicios de salud, los investigadores, los académicos y los sanitaristas.

Lo anterior hace necesario resaltar nuevamente que el estudio de las repercusiones sobre la salud del fenómeno de la violencia debe verse como problemática de patología social y pese a la complejidad de la situación es urgente asumir actitudes reflexivas y propositivas al respecto que rescaten, en el análisis, la participación de factores más amplios que los del daño físico o psíquico.

La identificación de los factores de riesgo presentes en cada uno de los tipos de causas que provocan lesiones intencionales orientan hacia la aplicación de intervenciones que ayuden a la solución del problema social e individualmente. Entre ésas se podrían plantear las siguientes.

  • En el campo de la legislación, la elaboración y puesta en marcha de leyes que controlen la utilización de la violencia en los medios de comunicación masiva, el abuso en el consumo de alcohol, el consumo de drogas y el uso de armas de fuego. Además, es necesario revisar los aspectos técnicos y conceptuales de las leyes respecto a la violencia para que no sólo penalicen sino que también tiendan a disminuir sus causas.

  • En el campo de la educación son necesarios la selección de grupos blanco (escolares, adolescentes, etc.); la identificación de riesgos y mejoramiento de las condiciones de seguridad en su entorno social; y, los programas de educación que incorporen adecuadamente la problemática de la violencia en cada uno de los niveles en que se presenta.

  • En el campo de los servicios de salud son necesarios la identificación de grupos de alto riesgo que permita la puesta en marcha de programas educativos, de apoyo y terapia específicos; el mejoramiento de técnicas quirúrgicas y programas de atención prehospitalaria que aseguren una intervención oportuna, así como la vigilancia epidemiológica.

  • En la investigación, debe realizarse investigación multidisciplinaria tendente a profundizar en el conocimiento de causas y determinantes de la violencia, así como sus consecuencias en términos de discapacidad, secuelas y muerte en los distintos grupos sociales, su costo social, recomposición de roles en grupos e incidencia psicoafectiva, entre otros.

  • En cuanto a la formación de recursos humanos para la salud es necesario insistir en la necesidad de reconocer los hechos violentos y sus manifestaciones como un problema de todos y no sólo de algunas áreas del conocimiento.

Por último, algunos sectores insisten en considerar que las lesiones intencionales son problemas eminentemente individuales o de grupos sociales específicos sobre los cuales poco se puede incidir para su prevención. Por el contrario, estos hechos son resultado de un proceso que tiene que ver con la forma en que el ser humano organiza su vida, con valores culturales respecto a la vida, la enfermedad y la muerte, con las relaciones familiares, con la seguridad física de la vivienda, los estilos de vida y las características del individuo o del grupo.9 Frente a todo esto se puede hacer mucho para evitar la enfermedad y muerte por estas causas;61,62 es importante analizar críticamente la interpretación común y la acción tradicional.

En conclusión, se considera que es necesario y urgente trabajar en propuestas que aporten una visión más completa del problema a fin de que las diversas vertientes aquí presentadas hagan converger y concretar en propuestas específicas los hallazgos, producto de investigaciones en cada una de ellas; asimismo, reconocer que en este quehacer se tiene que contar con los aportes de otras disciplinas y con medidas educativas, sociales y políticas que toquen las raíces de tan seria problemática.

 

REFERENCIAS

1. Parker RN, Toth AM. Family, intimacy, and homicide: A macro-social approach. Violence Vict 1990;5(3):195-210.         [ Links ]

2. Wilson JQ, Herrnstein RJ. Crime and human nature. Nueva York: Simon and Schuster, 1985.         [ Links ]

3. Rosenberg ML. Violence is a public health problem. En: Maulitz RC, ed. Innatural causes: The three leading causes of mortality in America. Filadelfia: College of Physicians of Philadelphia, 1988:149.         [ Links ]

4. Sorenson SB, Richardson BA, Peterson JG. Race/ethnicity patterns in the homicide of children in Los Angeles, 1980 through 1989. Am J Public Health 1993;83(5):725-727.         [ Links ]

5. National Committee For Injury Prevention and Control: Injury Prevention Meeting the Challenge. Am J Prev Med 1989;5(3):192-203.         [ Links ]

6. Reiss A, Roth J. Understanding and preventing violence. Washington, D.C.: National Academy Press, 1993:101-212.         [ Links ]

7. Hacker F. Agresión. En: Cano C, Cisneros MT, ed. La dinámica de la violencia en México. 1980. Barcelona: Grijalbo, 1973.         [ Links ]

8. Franco-Agudelo S. La violencia en los tiempos del cólera. Segundo Taller Latinoamericano de Medicina Social, Venezuela: Rev Universidad de Antioquía, 1991;220(2):18-27.         [ Links ]

9. Franco-Agudelo S. Violencia derechos humanos y salud. Cuadernos Med Soc 1991:(57).         [ Links ]

10. Baker SP, O’Neill B, Karpf RS. The injury fact book. Rexington (MA): Lexington, 1984:17-37.         [ Links ]

11. Weber M. Economía y sociedad. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1964.         [ Links ]

12. Engels F. El anti-duhring. México, D.F.: Grijalbo 1964.         [ Links ]

13. Cano C, Cisneros MT. La dinámica de la violencia en México. México, D.F.: ENEP Acatlán, 1980.         [ Links ]

14. Touraine A. Actores sociales y sistemas políticos en América Latina. Chile: Publicaciones OIT, 1987.         [ Links ]

15. Código Penal para el Distrito Federal en materia de fuero común y para toda la República en materia de fuero federal. México, D.F.: Editorial Pac, 1995.         [ Links ]

16. Organización Panamericana de la Salud. Clasificación Internacional de Enfermedades. Novena revisión. Washington, D.C.: OPS, 1978.         [ Links ]

17. Yunes J. Mortalidad por causas violentas en la región de las Américas. Bol Oficina Sanit Panam 1993;114(4):302-316.         [ Links ]

18. Castañón R, Híjar M. Solórzano L. Accidentes y violencias. Salud y crisis en México. Primera parte. México, D.F.: Siglo XXI, UNAM, 1990: 39-94.         [ Links ]

19. Secretaría de Salud. Mortalidad 1992. México, D.F.: SSA, 1992:192.         [ Links ]

20. López MV, Híjar MC, Rascón RA, Blanco J. Muertes por homicidio, consecuencia fatal de la violencia. El caso de México, 1979-1992. Rev Saude Publica 1996;30(1):46-52.         [ Links ]

21. Híjar MC, Tapia R, Rascón R. Mortalidad por homicidio en niños. México 1979-1990. Salud Pública Mex 1994;36(5):529-537.         [ Links ]

22. Jason J, Andereck ND. Fatal child abuse in Georgia. The epidemiology of severe physical Child abuse. Child Abuse Negl 1983;(7):1-9.         [ Links ]

23. Newberger ML. The helping hand strikes again: Unintended consequences of child abuse reporting. J Clin Child Psychol 1983;12:309-315.         [ Links ]

24. Rosenberg ML, Gelles RJ, Holinger PC, Stark E, Zahu M. Violence: Homicide, assault, and suicide. En Amler RW, Dull R, ed. Closing the gap. Am J Prev Med 1987;4 suppl:164-178.         [ Links ]

25. Rosenberg ML, Mercy JA. Homicide: Epidemiologic analysis at the national level. Bull N Y Acad Med 1986;62(5):376.         [ Links ]

26. Celis A, Valencia N. Traumatismos y envenenamientos en Jalisco. Un estudio a partir de autopsias. Salud Pública Mex 1991;33(1):77-87.         [ Links ]

27. Room R. Region and urbanization as factors in drinking practices and problems. En: Kissin B, Begleit H, ed. The pathogenesis of alcoholism: Psychosocial factors. Nueva York: Plenum Press, 1983;(6):555-604).         [ Links ]

28. Rada RT. Clinical aspects of the rapist. Nueva York: Grune and Stratton, 1978.         [ Links ]

29. Scully D, Marolla J. Rape and vocabularies of motive: Alternative perspectives. En: Burgess A, ed. Rape and sexual Assault. Nueva York: Garland, 1985.         [ Links ]

30. Totman J. The murderess: A psychological study of criminal homicide. San Francisco (CA): R & E Research Associates, 1978.         [ Links ]

31. Valdez R, Sanín LH. La violencia doméstica durante el embarazo y su relación con el peso al nacer. Salud Pública Mex 1996;38:352-362.         [ Links ]

32. Riquer F, Saucedo I, Bedolla P. Agresión y violencia contra el género femenino: un asunto de salud pública. En: Langer A, Tolberth K, ed. Mujer: sexualidad y salud reproductiva en México. The Population Council-Edamex 1996:247-281.         [ Links ]

33. Foster LA, Veale CM, Fogel CI. Factors present when battered women kill. Issues Ment Health Nurs 1989;10(3-4):273-284.         [ Links ]

34. Mercy JA, Saltzman LE. Fatal violence among spouses in the United States, 1976-1985. Am J Public Health 1989;79(5):595-599.         [ Links ]

35. Stark E. Rethinking homicide: Violence, race, and the politics of gender. Int J Health Serv 1990;20(1):3-26.         [ Links ]

36. Borges G, Rosovsky H, Caballero MA, Gómez C. Evolución reciente del suicidio en México: 1970-1991. Ana Inst Mex Psiquiatría 1994:15-22.         [ Links ]

37. Gómez C, Borges G. Estudios realizados en México acerca de la conducta suicida: 1966-1994. Salud Ment 1996;19(1):45-55.         [ Links ]

38. De las Heras FJ, Abril A, Gaona JM, Civeira JM. La intervención o prevención secundaria del suicidio. Salud Ment 1989;12(3):6-13.         [ Links ]

39. Johnson C, Smith J, Crowe C, Donovan M. Suicide among forensic psychiatric patients. Med Sci Law 1993;33(2):137-143.         [ Links ]

40. Montgomery SA, Montgomery DB, Green M, Bullock T, Baldwin D. Pharmacotherapy in the prevention of suicidal behavior (see comments). J Clin Psychopharmacol 1992;12 suppl 2:27S-31S.         [ Links ]

41. Villalobos V, De Bellard ME, Bonilla E. Receptores a neurotransmisores y suicidio. Revisión. Invest Clin 1990;31(4):209-225.         [ Links ]

42. Weissman MM. The epidemiology of suicide attempts, 1960-61. Arch Gen Psychiatry 1974;30:737-746.         [ Links ]

43. Rojas N. Medicina Legal. Buenos Aires, Argentina: El Ateneo, 1987: 64-77.         [ Links ]

44. Tello FJ. Medicina Forense. Colección Textos Jurídicos Universitarios. México, D.F.: Harla, 1991:170-178.         [ Links ]

45. Híjar M, Rascón RA, Blanco J, López MV. Muerte por suicidio en México. Caracterización por sexo y estado 1979-1993. Salud Ment 1996; 19(4):14-21         [ Links ]

46. Kerkhof AJ, Visser AP, Diekstra RF, Hirschorn PM. The prevention of suicide among older people in The Netherlands: Interventions in community mental health care. Crisis 1991;12(2):59-72.         [ Links ]

47. Mariategui J. Desórdenes afectivos en la senescencia y en la senectud. Acta Psiquiatr Psicol Am Lat 1982;28:271-280.         [ Links ]

48. Valds MA. La depresión en la tercera edad. Rev Hosp Psiquiatr La Habana 1988;29(2):173-183.         [ Links ]

49. Saltijeral MT, Terroba G. Epidemiología del suicidio y del parasuicidio en la década de 1971 a 1980 en México. Salud Ment 1987;29(4):345-360.         [ Links ]

50. Taylor CM, Wicks WJ. The choice of weapons: A study of methods of suicide by sex, race and region. Suicide Life Threat Behav 1980;10: 142-149.         [ Links ]

51. Alberdi JC. El suicidio en la República Mexicana en los años 1955-1984. Un estudio ecológico de tendencias (tesis). México, D.F.: Instituto Nacional de Salud Pública, 1989.         [ Links ]

52. Diekstra RFW. Suicide and suicide attempts in the European Economic Community: An analysis of trends with special emphasis on trends among the youth. Suicide Life Threat Behav 1985;15:402-421.         [ Links ]

53. Diekstra RFW. High school student research 1990: Behavior and health of high school students. Leiden: State University of Leiden, 1991.         [ Links ]

54. Hampton RL, Newberger EH. Child abuse incidence and reporting by hospitals: Significance of severity, class and race. Am J Public Health 1985; 75(1):56-60.         [ Links ]

55. Híjar M, Tapia JR, Lozano R, Chávez R. Violencia y lesiones. Salud Ment 1992;15(1):15-23.         [ Links ]

56. Lozano R, Híjar M, Torres JL. Violencia, seguridad pública y salud. Observatorio de la salud. México, D.F.: FUNSALUD 1997:83-115.         [ Links ]

57. Trunkey DD. Trauma. Sci Am 1983;249:28-35.         [ Links ]

58. Kreis DJ Jr, Plasencia G, Augenstein D. Preventable trauma deaths: Dade County, Florida. J Trauma 1986;26:649-654.         [ Links ]

59. Cales R, Trunkey DD. Preventable trauma deaths: A review of trauma care systems development. JAMA 1985;254:1059-1063.         [ Links ]

60. Harvey RF. The future of rehabilitation: Delivery of rehabilitation services in the 1990´s. En: Maloney FP, ed. Physical medicine and rehabilitation: State of the art reviews. Filadelfia: Hanley and Belfus,1987:321-330.         [ Links ]

61. Cheatwood D. Is there a reason for homicide? Criminology 1988; 26:287-306.         [ Links ]

62. Williams KR. Economic sources of homicide: Reestimating the aspects of poverty and inequality. Am Soc Rev 1984;49:283-289.         [ Links ]

 

 

(1) Centro de Investigación en Sistemas de Salud, Instituto Nacional de Salud Pública (INSP), México.

(2) Centro de Investigación en Salud Poblacional, INSP, México.

 

Fecha de recibido: 7 de enero de 1997 · Fecha de aprobado: 19 de agosto de 1997

Solicitud de sobretiros: Mtra. Martha Híjar Medina. Centro de Investigación en Sistemas de Salud, Instituto Nacional de Salud Pública.
Av. Universidad 655, colonia Santa María Ahuacatitlán, 62508 Cuernavaca, Morelos, México