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Salud Pública de México

Print version ISSN 0036-3634

Salud pública Méx vol.40 n.1 Cuernavaca Jan. 1998

http://dx.doi.org/10.1590/S0036-36341998000100014 

PÁGINAS DE SALUD PÚBLICA

 

 

Durán-González L, Bravo-Fuerte P, Hernández-Rincón M, Becerra-Aponte J. El diabético optimista. México, D.F.: Trillas, 1997.

 

El 14 de noviembre de 1997 se celebró el Día Mundial de la Diabetes Mellitus promovido por la Federación Internacional de Diabetes y la Organización Mundial de la Salud. Se calcula que para inicios del siglo XXI habrá aproximadamente 100 millones de personas padeciendo la enfermedad, misma que representa, sin ninguna duda, un grave problema personal y familiar.

Ser diabético no es lo mismo que saberse diabético. Se calcula que por cada persona que presenta la enfermedad, otra la tiene y no lo sabe, lo que aumenta al doble el número de aquellos que a mediano y largo plazo serán candidatos a presentar las invalidantes complicaciones que provoca el simple hecho de tener el azúcar alta en la sangre, con el riesgo de presentar un infarto al miocardio, amputaciones, ceguera o insuficiencia renal.

Sin duda el saberse diabético es mucho mejor que no saberlo, pues entonces podemos hacer algo para evitar o reducir en forma muy importante estos riesgos de complicación.

Durante muchos años, la labor educativa entre pacientes diabéticos se ha limitado, por decirlo de alguna manera, a informar sobre lo que puede y no puede comer, sobre cómo cuidar sus pies, cómo hacerse el análisis de orina, cómo aplicarse la insulina y acerca de muchos cuidados más que se han clasificado como de "autocontrol".

Pensamos que educar no es sólo informar, tampoco lo es "amenazar" o "aterrorizar" con panoramas necrófilos que, sin duda, harán de la vida de este paciente y de sus familiares una amenaza permanente de muerte temprana.

El diabético optimista está dirigido a diabéticos, a sus familiares y al personal de salud que los atiende. En él se explica cómo trabajar con y para los grupos de diabéticos ya que, de acuerdo con la experiencia, se alcanzan mejores y perdurables resultados cuando se comparte la enfermedad que cuando se trabaja en forma individual.

Además, el libro presenta una metodología innovadora para que el diabético controle su enfermedad, que parte de la graficación de los niveles de glucosa, del control de estados emocionales y de la relajación los que, junto con la dieta y el ejercicio físico -mencionados ya en la literatura-, son importantes para el control de la enfermedad.

Para que el diabético aprenda a controlar su enfermedad realizando estas actividades, se estructura un programa dividido en tres etapas: una de información, dirigida a los diabéticos y familiares; otra de autocontrol, dirigida al diabético, y otra de dinámica familiar, dirigida a familiares, amigos, compañeros de trabajo y vecinos de los diabéticos.

Se describe en detalle el desarrollo de 20 sesiones guía que ayudan al grupo de diabéticos, mediante varias actividades, a conseguir el objetivo primordial: controlar su enfermedad. Las actividades que se realizan en cada sesión se clasifican en cinco pasos:

1. Prueba capilar para obtener los niveles de glucosa y graficación de la misma, así como la toma de tensión arterial.

2. Práctica de ejercicio físico como la caminata, la carrera o la gimnasia suave.

3. Práctica de alguna técnica de relajación que ayude a disminuir el estrés y permita controlar los estados emocionales.

4. Exposición de algún tema, relacionado con la enfermedad, por parte de uno o más diabéticos, familiares y/o profesionales, con la finalidad de obtener información, así como de compartir sentimientos, pensamientos y comportamientos que contribuyan a controlar la enfermedad y a evitar complicaciones innecesarias.

5. Llevar a cabo técnicas de dinámica de grupos para diversos fines, como romper el hielo, desarrollar el conocimiento grupal, fomentar la comunicación y lograr la sensibilización entre los miembros del equipo.

También se comentan los resultados obtenidos después de haber aplicado el programa de autocontrol con esta metodología durante cuatro años. Se proporcionan ejemplos de personas que asistieron al grupo de autocontrol y lograron estabilizar su enfermedad.

Primero se muestra una gráfica general de las 47 personas que acuden al programa por número de sesiones. En dicha gráfica se observa cómo evolucionan las cifras de glucosa y cómo ésta se normaliza a medida que aumentan las sesiones, de tal modo que la mayoría de los pacientes logra una buena estabilización en las primeras 20 sesiones. El 80% de los pacientes que siguen el programa descrito en el libro alcanzan un control efectivo de su enfermedad en 60 sesiones.

Dichos resultados muestran que los diabéticos son capaces de llevar un autocontrol físico, psicológico y social de su padecimiento, lo cual les permite disminuir significativamente tanto las cifras de glucosa como la dosis de hipoglucemiantes que consumen y, a su vez, evitar complicaciones agudas y crónicas.

Todo esto representa una visión diferente: vivir con la diabetes, hacer de la enfermedad un medio para encontrar un estilo de vida saludable que permita disminuir todos los factores de riesgo que la enfermedad "mal controlada" o "descontrolada" es capaz de producir.

Cuando el personal de los servicios de salud comprenda que no es él sino los enfermos y sus familiares quienes verdaderamente saben lo que es la diabetes mellitus, entonces llegará a entender por qué el simple hecho de informar a un paciente sobre lo que debe hacer para cuidarse, advirtiéndole que si no "obedece" las indicaciones pagará muy caro las consecuencias, no logra más que asustarlo y hacer que recurra a métodos que en verdad ponen en peligro su salud y su vida.

Una educación para la salud que no tenga como propósito motivar al paciente y a sus familiares para que cambien y adopten hábitos, actitudes y valores que lo lleven a disfrutar de la vida, será errónea, y ello quizá tenga su origen en la postura egocentrista de algunos médicos y otros miembros del personal de salud que utilizan sus conocimientos para sentirse superiores y dueños del paciente.

Los modelos activo-participativos de la investigación y la acción de la educación moderna han sido aprovechados de manera muy positiva en el campo de la salud, de este modo se ha alentado la participación de la comunidad en el proceso de detección oportuna, notificación y manejo de la enfermedad; la organización de grupos de autoayuda e inclusive de mutualidades que permiten a los enfermos conseguir medicamentos a más bajo precio, así como la organización de eventos sociales en los que la competencia por el mejor platillo o el premio al deportista más destacado hace del cuidado y la vigilancia de la salud una actividad motivadora y parte del proceso de vida de un individuo, de una familia o de un grupo de la sociedad en la comunidad.

Insistimos, no es suficiente informar a los pacientes y a sus familiares; el saber no da motivos para cambiar de un estilo de vida a otro más pleno. Esto se logra más fácilmente por medio de modelos como el empleado en el grupo Teocelo del Estado de Veracruz, así como compartiendo y siguiendo la premisa básica de que "nadie enseña a nadie y, sí, todos aprendemos de todos".

Despertar todos los días sabiendo que tendrá que cuidar la dieta (aunque sea su cumpleaños); que tendrá que destinar un tiempo del día al ejercicio; que tendrá que aplicarse la insulina o tomar sus medicamentos; que tendrá que vigilar su fondo de ojo asistiendo a la consulta con el oftalmólogo; que pronto le tocará el control de glucosa, colesterol, triglicéridos, química sanguínea y general de orina; que ante cualquier síntoma extraño deberá consultar a su médico, etcétera, vuelve a una persona muy susceptible de deprimirse o de tomar la decisión de olvidarlo todo y volver a su rutina anterior, sin importarle más que el "vivir hoy y de algo nos tenemos que morir", como actitud adoptada por un gran número de pacientes.

Cuando la vida cotidiana gira alrededor de una enfermedad, la vida es en sí, desde nuestro punto de vista, una vida enferma. Cuando la vida gira alrededor de la vida, los pacientes se olvidan muy pronto de que lo son y se convierten en un modelo ejemplar a seguir, no sólo para los otros enfermos, sino para quienes, disfrutando de salud en ese momento, tienen un alto riesgo de perderla.

El modelo presentado en el libro es un ejemplo de lo que se puede hacer cuando se busca que la comunidad viva en torno a la vida y no en torno a la muerte. Es un modelo que deberá promoverse en todos los grupos de autoayuda; al igual que los diabéticos, otro tipo de pacientes como los hipertensos y sus familiares encontrarán en él una guía para afrontar el reto de vivir y no hacer de la enfermedad crónica una muerte lenta y agobiante.

Si las instituciones asistenciales de salud de nuestro país adoptaran el modelo propuesto en el libro El diabético optimista para motivar a sus pacientes a que se agrupen en sus comunidades, seguramente la demanda de atención médica en los servicios de urgencias y de atención a complicaciones graves (como la ceguera, la insuficiencia renal, la hipertensión, el infarto, etc.), así como la frecuencia de las consultas de control, se reducirían notablemente, y con ello, los enormes gastos que representa la enfermedad para el paciente, su familia y para los servicios de salud gubernamentales.

Finalmente, se felicita a los autores y actores de este proyecto por la concepción integral que tienen del paciente como ser humano y no sólo como un número que representa los miligramos de glucosa en la sangre que en ese instante tuvo; o bien, como alguien que obedece o desobedece el mandato de quien quizá sepa mucho de fisiopatología o de mecanismos de acción de medicamentos, pero que con frecuencia olvida al paciente como mujer o como hombre, con sus preocupaciones, sentimientos, temores y debilidades, las que seguramente podrá superar, pero no por medio del terror sino del optimismo.

 

MARIANO GARCÍA VIVEROS
Departamento de Educación para la Salud,
Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubirán, México.