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Salud Pública de México

Print version ISSN 0036-3634

Salud pública Méx vol.52 n.1 Cuernavaca Jan./Feb. 2010

http://dx.doi.org/10.1590/S0036-36342010000100002 

CARTAS AL EDITOR

 

La Fiebre Manchada de las Montañas Rocosas, una epidemia olvidada

 

 

Gerardo Álvarez-Hernández, PhD

Jefe de la Unidad de Vigilancia Epidemiológica Hospital Infantil del Estado de Sonora. galvarez@guayacan.uson.mx

 

 

Sr. Editor: La Fiebre Manchada de las Montañas Rocosas (FMMR) es una enfermedad reemergente en el estado de Sonora, que desde el año 2003 provoca una carga de morbilidad y mortalidad en sus habitantes, particularmente niños y adolescentes que residen en municipios costeros del estado, desde Huatabampo hasta Hermosillo,1-2 pero con un reciente desplazamiento geográfico que se extiende a municipios fronterizos como Nogales y Agua Prieta. Ya en el año 2005, investigadores del vecino estado de Arizona3 documentaron la presencia de la enfermedad y la relacionaron con la presencia de un vector inesperado, Ripicephalus sanguineus (la garrapata café del perro) que era común en el estado de Sonora desde los años 40 (Bustamante). Adujeron que las condiciones de ruralidad y el clima seco propio de esta región geográfica eran los principales factores de riesgo, y no descartaron la "presencia de focos hiperendémicos y brotes epidémicos localizados."

Su predicción fue correcta, pues en Sonora se han registrado desde el año 2003 cerca de 600 casos de infecciones por bacterias de la familia Rickettsiae, la mayoría de ellos debidas a R. rickettsii, el agente etiológico de la FMMR. Los casos se han diseminado en 18 municipios, pero sólo tres de ellos (Cajeme, Navojoa y Huatabampo) concentran 80% de la incidencia. Si bien estos números son motivo de atención, lo que parece más importante es el comportamiento observado en la población pediátrica. Se acepta, en general, que en regiones endémicas de los Estados Unidos o Sudamérica la letalidad es mayor para población adulta joven, pero en los niños ha comenzado a incrementarse la proporción de casos severos y muertes.4 En el caso de la población infantil que acude regularmente al Hospital Infantil del Estado de Sonora (HIES), hemos observado un paulatino incremento de la letalidad del padecimiento. En un reporte previo de Sonora,2 la letalidad del padecimiento fue de 22% en una serie de 9 casos. En el año 2009, la letalidad observada hasta la segunda semana de octubre es de 43% en 21 casos, una cifra superior a otros reportes de áreas endémicas.5 Un par de explicaciones preliminares a este hecho pueden ofrecerse: (a) el tiempo promedio de inicio del tratamiento en los pacientes fallecidos es de 10.3 días después de comenzados sus síntomas, un retraso significativo respecto a lo recomendado (antes del séptimo día de haber iniciado el cuadro clínico); y (b) los médicos de primer contacto no incluyen entre sus diagnósticos iniciales de sospecha del padecimiento.

Justo uno de los problemas más frecuentes que se encuentra incluso en áreas de alta endemia es que existe un relativo desconocimiento del personal médico acerca de la fisiopatología, cuadro clínico, diagnóstico y tratamiento de la enfermedad, confundiéndolo con otros padecimientos de mayor poder mediático como el dengue e incluso la leptospirosis. El desconocimiento no es exclusivo del personal de salud; la población tampoco conoce las formas de prevenirlo, controlar al vector ni, incluso, vigilar sus mordeduras o retirarlo de modo seguro de su piel o de su ropa. En ambos hechos, la dificultad subyacente es que no hay información confiable ni precisa acerca de la magnitud y trascendencia del problema. En México en general, y en Sonora en particular, parece que los esfuerzos se concentran en el control de otras enfermedades transmitidas por vector como el dengue, lo que sin duda ha resultado en impactos positivos para la población. Pero es menester considerar desde un punto de vista sanitario que existen nuevas situaciones contextuales (p.e. cambio climático, desplazamiento poblacional, crecimiento urbano desordenado, entre otros) y conductuales (la preferencia por mascotas como el perro) que actúan favorablemente para la reemergencia de vectores y la transmisión de microorganismos que no son habituales en el reservorio de agentes infecciosos de una región.6 Esto parece ser el escenario ideal para la presencia de la FMMR en Sonora.

El reconocimiento de su presencia es imperioso, y no sólo para el ámbito local. A nivel nacional tampoco parece que constituya una prioridad sanitaria. Es notorio el subregistro de casos, pues la página electrónica de la Dirección General de Epidemiología desde el año 2006 sólo reporta cuatro casos del padecimiento para todo el país. El subregistro no es único para México; ya se ha señalado en otros reportes que la incidencia de la FMMR puede ser mayor que la registrada, entre otras cosas porque una proporción de pacientes con síntomas moderados es tratado empíricamente sin siquiera sospechar el diagnóstico, varios casos no son notificados a los sistemas de vigilancia epidemiológica y algunos pacientes mueren antes de que puedan tomarse muestras para identificar al agente etiológico o se indica tratamiento que puede abolir los títulos de anticuerpo.7 La reemergencia de la FMMR es real en Sonora y probablemente en otras regiones del país, y es muy conveniente que se dé un vigoroso impulso para atender su comportamiento, especialmente a través del fortalecimiento de la vigilancia epidemiológica, el diseño de manuales clínicos, la estandarización y acceso a técnicas diagnósticas, la capacitación del personal de salud y la promoción de medidas comunitarias para la prevención y control del vector.

 

Referencias

1. Martínez-Medina MA, Padilla-Zamudio G, Solís-Gallardo LP, Guevara-Tovar M. Fiebre Manchada de las Montañas Rocosas. Informe de dos casos. Gac Med Mex 2005;141(4):309-312.         [ Links ]

2. Martínez-Medina MA, Álvarez-Hernández G, Padilla-Zamudio G, Rojas-Guerra MG. Fiebre Manchada de las Montañas Rocosas en niños: consideraciones clínicas y epidemiológicas. Gac Med Mex 2007:143(2):137-140.         [ Links ]

3. Demma LJ, Traeger MS, Nicholson WL, Paddock CD, Blau DM, Eremeeva ME et al. Rocky Mountain Spotted Fever from an unexpected tick vector in Arizona. N Engl J Med 2005;353: 587-594.         [ Links ]

4. Chapman AS, Murphy SM, Demma LJ, Holman RC, Curns AT, McQuiston JH et al. Rocky Mountain Spotted Fever in the United States, 1997-2002. Ann NY Acad Sci 2006:1078:154-155.         [ Links ]

5. Buckingham SC, Marshall GS, Schutze GE, Woods CR, Jackson MA, Patterson LER et al.Clinical and laboratory features, hospital course, and outcome of Rocky Mountain Spotted Fever in children. J Pediatr 2007;150:180-184.         [ Links ]

6. Süss J, Klaus C, Gerstengarbe FW, Werner PC. What makes ticks tick? Climate change, Ticks, and Tick-Borne Diseases. J Travel Med 2008;15(1):39-45.         [ Links ]

7. Chen LF, Sexton DJ. What´s new in Rocky Mountain Spotted Fever?Infect Dis Clin N Am 2008;22:415-432.         [ Links ]