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Gaceta Sanitaria

Print version ISSN 0213-9111

Gac Sanit vol.16 n.3 Barcelona May. 2002

http://dx.doi.org/10.1590/S0213-91112002000300011 

DEBATE

Concentraciones de compuestos tóxicos persistentes en la población española: el rompecabezas sin piezas y la protección de la salud pública

M. Portaa,b / M. Kogevinasa,b / E. Zumetaa / J. Sunyera,c / N. Ribas-Fitóa / Grupo de Trabajo sobre Compuestos Tóxicos Persistentes y Salud del IMIM*
aInstituto Municipal de Investigación Médica (IMIM).
bUniversidad Autónoma de Barcelona.
cUniversidad Pompeu Fabra.
*Formado asimismo por Laura Ruiz, Manuel Jariod, Jesús Vioque, Juan Alguacil, Piedad Martín, Núria Malats y Daniel Ayude.

 

Correspondencia: Prof. M. Porta.
Instituto Municipal de Investigación Médica. Universidad Autónoma de Barcelona. Dr. Aiguader, 80. 08003 Barcelona.
Correo electrónico: mporta@imim.es

Recibido: 18 de diciembre de 2001.
Aceptado: 23 de febrero de 2002.

(Concentrations of persistent toxic compounds in the Spanish population: a puzzle without pieces and the protection of public health)


Resumen
La contaminación por compuestos tóxicos persistentes (CTP) de la población general es un hecho relevante desde una perspectiva de salud pública. Es, asimismo, importante para el sistema sanitario asistencial y para las políticas ambientales, alimentarias, industriales y económicas.
Aunque en España los conocimientos sobre la contaminación de los alimentos por CTP presentan grandes vacíos temporales y geográficos, aún es menor la información sobre sus concentraciones en las personas: no existe ningún estudio representativo de una población general sana efectuado en una zona geográfica amplia. Los estudios disponibles indican que un 80-100% de la población tiene concentraciones detectables de DDE, policlorobifenilos, hexaclorobenceno o lindano. En España el número de estudios sobre los efectos que los CTP tienen en las personas es todavía más exiguo. Los estudios internacionales sugieren que dosis de algunos CTP por debajo de las que normalmente se consideran «seguras» pueden causar efectos biológicos y clínicos relevantes. Los mecanismos de acción no comprenden sólo la disrupción endocrina. La valoración de la significación clínica y social del espectro de efectos más sutiles y con períodos de latencia mayores de los CTP presenta interesantes retos y oportunidades.
España y otros países europeos sufren un déficit de indicadores poblacionales sobre el impacto que los procesos ambientales tienen en la salud humana. Los distintos ámbitos de la Administración deben monitorizar los valores biológicos de los CTPs y valorar sus posibles riesgos para la salud.
Junto con más de cien otros países, próximamente España intentará implementar el Tratado sobre los Contaminantes Orgánicos Persistentes (Convenio de Estocolmo). Ello constituye un nuevo motivo para desarrollar programas más eficientes de vigilancia y control de los residuos de los CTP en alimentos, humanos y medio ambiente. Como parte de la aplicación del Convenio, es necesario iniciar un informe periódico sobre los factores que condicionan las concentraciones internas de CTP en la población general española.
Palabras clave: Compuestos tóxicos persistentes. Agentes químicos ambientales. Compuestos organoclorados. DDT. DDE. Policlorobifenilos. Dioxinas. Hexaclorobenceno. Lindano. Convenio de Estocolmo.

Summary
The contamination by persistent toxic compounds (PTCs) of the general population is a fact of relevance from a public health perspective. It is also relevant to health care professionals, as well as for environmental, food, industrial and economic policies.
Though in Spain information on food contamination by PTCs shows large time and geographic gaps, the scarcity of data is even moren severe on the concentrations that PTCs have in people: a representative study of a general healthy population living in a wide geographic area has never been conducted in the country. However, the available studies indicate that around 80-100% of the population has detectable concentrations of DDE, PCBs, hexachlorbenzene or lindane. Studies on the effects that PTCs have upon humans are extremely infrequent in Spain. Yet, the international literature suggests that some PTCs may induce significant biological and clinical effects at doses below those tradicionally deemed "safe". The mechanism of action of PTCs are not restricted to endocrine disruption. Assessing the clinical and social relevance of the more subtle and long-term effects of PTCs presents interesting challenges and opportunities.
Spain and other European countries lack population indicators on the impact that environmental processes have on human health. Several government levels have a role to fulfill in the monitoring of biological levels of PTCs among persons in order to assess the risks of adverse health effects.
Along with over a hundred other countries. Spain will soon try to implement the Stockholm treaty on persistent organic pollutants (POPs). This constitutes a new opportunity to develop more efficient policies to control PTC residues in food, humans and the enviroment. As part of the treaty implementation it is necessary to launch a Report on factors that influence body concentrations of PTCs in the Spain general population.
Key words: Persistent toxic compounds. Persistent organic pollutants (POPs). Organochlorine compounds. Environment/chemistry. DDT. DDE. Polychlorinated biphenyls. Dioxins. Hexachlorobenzene. Lindane. Stockholm treaty.


Introducción

Entre las complejas y apasionantes cuestiones que nos plantean los compuestos tóxicos persistentes (CTP), especialmente a quienes trabajamos desde y para la salud pública, el hecho que nos parece de mayor relevancia es la contaminación por CTP de vastos sectores de la población general; cuanto menos, como punto de partida y de llegada. En efecto, la mayoría de los habitantes de la Tierra almacenamos en nuestro organismo cantidades apreciables de CTP. Entre ellos, el plaguicida DDT, el DDE (principal producto en el que se degrada el DDT), ciertos policlorobifenilos (más conocidos por PCB, sus siglas en inglés), las dioxinas, el hexaclorobenceno, los hexaclorociclohexanos y otros residuos de compuestos organoclorados1-6. Aunque la importancia de la impregnación corporal por CTP de las personas puede parecer obvia, este hecho es a menudo soslayado desde otras perspectivas (p. ej., la estrictamente económica o industrial). Por ende, la conciencia social de este hecho y de sus implicaciones es todavía débil en bastantes países europeos, incluido el nuestro.

Para referirse a ciertos CTP algunas organizaciones y científicos utilizan la expresión compuestos (o a veces contaminantes) orgánicos persistentes (COP; en inglés, POP), que a nuestro juicio tiene menos ventajas. En este trabajo utilizaremos la expresión CTP, que incluye a todos los COP.

En España, el DDT se utilizó ampliamente como plaguicida desde mediados de los años cincuenta hasta la mitad de la década de los setenta, y menos posteriormente. Aunque la orden que prohibió su uso entró en vigor en 19777,8, no está documentado cuándo terminó realmente su utilización, si es que ha terminado completamente. Esta duda obedece a varias razones. En primer lugar, el DDT se sigue usando para fabricar productos, como el herbicida dicofol, que en consecuencia contienen DDT. En segundo lugar, existen indicios de que cantidades menores de DDT podrían estar entrando ilegalmente en España procedentes de otros países. En tercer lugar, periódicamente se tiene noticia de usos ocasionales en explotaciones agrícolas y ganaderas. En cuarto lugar, el Instituto de Toxicología (antes Instituto Nacional de Toxicología), dependiente del Ministerio de Justicia, recibe periódicamente notificaciones y consultas relacionadas con personas que sufren episodios de intoxicación aguda por DDT (ponencia oral presentada por el director del Instituto de Toxicología, Rafael Cabrera, en el Congreso sobre Implementación del Convenio sobre COP, Madrid, 27 de noviembre de 2001).

En la bibliografía académica no aparece una revisión completa sobre la historia de la fabricación y uso de DDT en España, realizada por ejemplo desde las perspectivas de la historia económica o de la salud pública; disponer de dicho análisis ayudaría a explicar las concentraciones que actualmente hallamos en los alimentos y en las personas (concentraciones cuya evolución espaciotemporal tampoco ha sido objeto de revisión sistemática). En la tabla 1 se sintetizan las principales incógnitas acerca del DDT en España. El razonamiento subyacente a esas preguntas sería aplicable de forma similar a otros CTP. Sí se sabe que la empresa Erquimia (situada en Flix, Tarragona) fue la principal productora española de DDT durante años. También produjo DDT la empresa Montecinca (en Monzón, Huesca), que actualmente fabrica dicofol; asimismo, produce dicofol alguna otra empresa española.

 

 

Los PCB se han utilizado como aislantes en equipos eléctricos, como lubricantes, en plásticos, tintas y otras múltiples aplicaciones industriales y domésticas3-6,9,10. En España existe un escaso conocimiento sobre la cantidad de PCB almacenados y las condiciones de las instalaciones que los contienen. Reflejo de ello es que en la actualidad el gobierno atiende en el Tribunal de Justicia de Luxemburgo una denuncia presentada por la Comisión Europea por incumplir la Directiva sobre eliminación de los PCB y policloroterfenilos (tabla 2). Este problema ejemplifica algunos de los problemas que deben resolver nuestras sociedades. Ilustra, asimismo, el esfuerzo técnico y político que exigirá la aplicación del Convenio de Estocolmo, al que nos referimos más adelante.

 

 

En Europa occidental las principales fuentes de contaminación por dioxinas son las incineradoras de residuos y las industrias de reciclaje de metal11.

Contaminación de los alimentos

Los CTP tienen una gran inercia química (persistencia en el medio, efectos a largo plazo, bioacumulación); se han dispersado y contaminan amplias zonas del planeta, y son muy difíciles de excretar por el cuerpo humano, en el que tienen una larga vida media, y se acumulan en los tejidos grasos1-6. Llegan hasta nuestro organismo a través de una exposición ambiental «de fondo», continua, a dosis muy bajas. Fundamentalmente, a través de la dieta; sobre todo a partir de las partes más grasas de los alimentos, incluyendo las grasas recicladas para fabricar productos (pastelería, piensos) que humanos y animales comemos6,9,10.

Diversos estudios han observado que en España muchas muestras de carne, pescado, huevos, leche, mantequilla, queso o cereales contienen residuos de DDE, PCB, hexaclorobenceno e isómeros del lindano, como el β-hexaclorociclohexano3,10,12,13; su revisión rebasa el ámbito del presente debate. En cuanto a las dioxinas, se calcula que un 95-98% entran en el cuerpo humano a través de los alimentos (más del 80%, por los de origen animal)11. No obstante, en España la magnitud poblacional del problema es relativamente mal conocida, básicamente por dos razones: a) los estudios científicos se han hecho sin continuidad temporal ni exhaustividad sociodemográfica, y b) los estudios o actuaciones puntuales efectuadas por la Administración parecen ser escasos o incompletos, son poco difundidos o adolecen de importantes limitaciones metodológicas. Aunque otros países europeos sufran una situación similar, es necesario alcanzar un conocimiento más sistemático del estado de la contaminación por CTP de los alimentos, difundir ese conocimiento a la ciudadanía y, probablemente, aplicar de forma más metódica la legislación vigente.

Contaminación de las personas

La información sobre las concentraciones que los CTP tienen en la población española es más escasa que en el caso de los alimentos: no existe ningún estudio de una población general sana efectuado en una zona geográfica amplia y bien definida. La posible excepción sería el estudio desarrollado en el pueblo de Flix14,15. Pero en realidad no es tal, pues Flix tiene menos de 5.000 habitantes, está expuesto a una fuente puntual (industrial) y los resultados, obviamente, no son extrapolables a la mayoría de las poblaciones españolas.

Con sus limitaciones, los estudios realizados en España sugieren que la mayoría de las personas tenemos concentraciones apreciables de CTP. Es habitual encontrar que un 80-100% de la población tiene concentraciones detectables de DDE, PCB (particularmente, de los congéneres 118, 138, 153, 170, 180 o 187), hexaclorobenceno y hexaclorociclohexanos1,3,7,8,14-26. Una de las incógnitas por resolver es a qué factores obedece la presencia de DDT en la sangre de los recién nacidos1,3,23,26,27, pues la prohibición de este compuesto y su degradación a DDE podrían llevar a esperar que ya no se detectase en ellos.

En la tabla 3 se presentan las principales características y resultados de los estudios españoles más destacables en cuanto a las concentraciones de DDT y DDE en humanos7,8,14,17-26. Como puede observarse, prácticamente siempre los períodos y las zonas geográficas cubiertas por esos estudios son limitados, las poblaciones son a menudo «de conveniencia» o tienen otras peculiaridades, el número de individuos incluidos es bajo, y apenas se incluyen subgrupos que merecen especial atención (embarazadas, niños, ancianos). Por todo ello, las concentraciones observadas son sólo orientativas. Con estas salvedades, se puede aventurar que las concentraciones de DDT y DDE podrían encontrarse en el rango medio-alto de los valores observados en otros países europeos8,10,16. En cuanto a los valores tisulares de otros compuestos, como los PCB, los valores observados por algunos estudios parecen situarnos en el rango medio, mientras que las concentraciones de hexaclorobenceno observadas sugieren que los españoles podemos tener valores superiores al promedio de la Unión Europea.

En España sólo se ha publicado un estudio que haya medido las concentraciones de CTP en una población humana de forma longitudinal; es decir, que haya efectuado mediciones de CTP con la misma metodología en la misma población y en más de un momento. Se trata de un trabajo efectuado en Mataró (en el norte de Barcelona), a raíz de la apertura de una planta incineradora28,29. En la figura 1 se presentan las concentraciones sanguíneas de dioxinas en los habitantes de la zona, según la distancia entre el lugar de residencia y la incineradora, en cada uno de los tres cortes temporales. Por una parte, se observa que quienes residen cerca de la incineradora no presentan concentraciones mayores que los que residen más lejos de aquélla; los valores son incluso algo inferiores a los de una población control no expuesta a las emisiones de la planta, el pueblo de Arenys de Mar (fig. 1; última barra a la derecha; año 1999). Pero el hallazgo más relevante, en el contexto que nos ocupa, es que durante los 4 años las concentraciones de dioxinas y furanos aumentaron: aproximadamente un 45% en la población de Mataró que vive lejos de la planta y un 40% en el grupo que reside cerca de ella. La explicación más probable es la contaminación alimentaria28. Además, el valor de dioxinas en las poblaciones de Mataró y Arenys es aproximadamente un 25% superior al observado en otros países desarrollados28.

 


Figura 1. Concentraciones sanguíneas de dioxinas (media en I-TEQ) según distancia entre la residencia de las personas y la incineradora. Mataró (Barcelona) 1995, 1997 y 199929. Figura reproducida con permiso de Epidemiology. I-TEQ: international toxic equivalent (equivalente tóxico internacional). Incluye a las policloro-dibenzo-para-dioxinas (PCDD) y a los policloro-dibenzo-furanos (PCDF); no incluye a los PCB parecidos a las dioxinas (dioxin-like PCB).


 

Informe sobre la Exposición Humana a Agentes Químicos Ambientales

Desde las perspectivas de la salud pública y la ecología ­y también desde otras­ es preocupante que en España no exista un estudio representativo de alguna zona geográfica amplia que haya analizado los factores que condicionan los valores de CTP en el organismo de las personas. De hecho, el déficit de indicadores poblacionales sobre el impacto que los procesos ambientales tienen en la salud humana es sólo una consecuencia más de las múltiples deficiencias que en España presentan las políticas ambientales30-32. Es cierto que éste no es el único país europeo con dichas carencias; por ejemplo, la Comisión Europea considera que los valores actuales de contaminación por dioxinas, furanos y PCB de los alimentos y piensos son «inaceptables». Por ésta y otras razones bien conocidas, la UE promueve cambios sustanciales en las políticas públicas; entre ellos, normativas para que todos los ámbitos de las Administraciones desarrollen sistemas más eficaces para monitorizar y reducir los valores biológicos de los CTP y para evaluar los riesgos de efectos adversos para la salud9,33-36.

Es lógico que, al no disponer todavía de sistemas de información ambiental desarrollados, desconozcamos cuáles son las concentraciones corporales de CTP en los ciudadanos, según comunidades autónomas, grupos de edad y género, hábitos alimentarios, ocupación, educación o clase social. Un componente importante de dichos sistemas consistiría en un Informe sobre la Exposición Humana a Agentes Químicos Ambientales en la población general española. ¿Cuáles serían sus principales usos en salud pública? En la tabla 4 se sintetizan36.

 

 

Es preciso desarrollar este proyecto de Informe con una visión salubrista y ambiental integradora, que permita estimar las vías de exposición y que periódicamente incorpore datos sobre otros agentes químicos ambientales que también comportan riesgos: compuestos organofosforados y organobromados, ftalatos, metales (plomo, mercurio, cromo, cadmio), disolventes como el benceno o humo ambiental del tabaco. Esta información podría entonces relacionarse con otros indicadores de salud ya disponibles (p. ej., los obtenidos mediante las encuestas de salud y otros). En algunos países existen referentes de estudios de esta índole, bien como parte de encuestas de salud, bien estudios ad hoc sobre contaminantes específicos33,36-40.

El Informe sería una de las actuaciones en las que plasmar la ratificación del Convenio de Estocolmo, como veremos a continuación. Pero antes es necesario resumir algunas ideas acerca de los efectos de los CTP en las personas, pues ellos son una razón fundamental para abordar estas cuestiones.

Efectos sutiles y a largo plazo

Tras constatar la escasez de estudios sobre las concentraciones de CTP en los alimentos y la aún mayor carencia de estudios en las personas, el tercer peldaño que bajamos es el de los efectos que los CTP tienen en las personas: la escasez de estudios es aquí perfectamente descriptible1,3,15,24,25,41-43 (la de estudios lamentablemente, no la de efectos). Nos referimos en particular a trabajos que hayan medido la impregnación corporal por CTP y la hayan relacionado con variables fisiológicas, clínicas y sociales en algún grupo humano del Estado español.

Sin embargo, las investigaciones efectuadas en otros países indican que dosis de algunos contaminantes por debajo de las que actualmente se suelen considerar «seguras» (partes por billón) pueden causar efectos biológicos y clínicos relevantes1,4,44,45, (como se puede observar en la tabla 2, muchos CTP se encuentran en el organismo humano a concentraciones de partes por billón, mientras que otros, como las dioxinas, es más frecuente que se hallen a concentraciones de partes por trillón; por otra parte, su toxicidad es superior11). Algunos de tales efectos se producen porque algunos CTP son disruptores endocrinos1-3,6,46. Pero los mecanismos mediante los cuales actúan son más amplios2,4,24,40, p. ej., algunos compuestos pueden alterar los procesos de maduración inmunológica y neuro-conductual durante el desarrollo fetal y la infancia mediante mecanismos de otra índole26,41-47. Asimismo, algunos PCB pueden modular la expresión de oncogenes, como los genes de la familia ras. Algunas mezclas de PCB pueden aumentar los valores de ARNm de los genes raf y erb en células hepáticas humanas; es decir, pueden actuar como «promotores tumorales» mediante la activación de vías de proliferación celular48,49. Asimismo, durante la oxidación de los PCB menos clorados se producen radicales libres y daño oxidativo al ADN50,51.

Hansen4 señala que los PCB son tóxicos de amplio espectro y que suelen formar parte de mezclas. Por ende, la valoración de sus riesgos encuentra abundantes dificultades. Hasta ahora, las investigaciones se han centrado en los PCB planares, es decir, en los congéneres más agonistas del receptor intracelular Ah, que actúan de forma similar a las dioxinas pero no son los más ubicuos; ello ha retrasado el análisis de los efectos de los PCB no planares, más prevalentes en el ambiente y en los organismos vivos, lo que crea la impresión de que éstos conllevan pocos riesgos4.

La investigación sobre éstos y otros mecanismos biológicos «indirectos» (p. ej., epigenéticos) es muy dinámica; justifica el desarrollo de nuevos criterios de clasificación de los CTP, más acordes con su multiplicidad de efectos sobre la salud humana4; en la UE están cambiando sustancialmente las valoraciones de riesgos (p. ej., neurotóxicos, conductuales o carcinogénicos), y en algunos países favorece la evolución de disciplinas como la química ambiental, la toxicología genética, la ecotoxicología o la epidemiología molecular (existen incluso experiencias de integración de estas disciplinas en la práctica de la salud pública).

Un problema de salud pública multidimensional y «glocal»

En los próximos años seguiremos asistiendo a la emergencia de fascinantes hallazgos (moleculares, fisiológicos, clínicos, epidemiológicos o ambientales) sobre los efectos de los CTP. Cabe esperar que se genere, asimismo, nuevo conocimiento y nueva praxis sobre las dimensiones culturales, éticas, socioeconómicas y políticas, pues también están en constante mutación los conocimientos y las actitudes en relación con las causas estructurales de la contaminación por CTP. Estos cambios tienen impactos relevantes en cuestiones tan diversas como los procesos de construcción social de los riesgos alimentarios, ambientales o laborales; la normativa de la UE sobre contaminación de piensos y alimentos; el control de los usos ilícitos
de los CTP52; el tratamiento de los residuos y la prevención de los vertidos ilegales30-32; o la búsqueda de organizaciones capaces de gobernar problemáticas que son genuinamente globales y locales («glocales»53) a la vez.

Valorar mejor la significación social de los conocimientos sobre el espectro de efectos más sutiles y con períodos de latencia más largos de los CTP es uno de los grandes retos actuales3,11,54,55. Lo es también ­naturalmente y de forma singular­ para los especialistas en salud pública. Existen diversas razones para ello: a) el vasto número de personas expuestas; b) la carga comunitaria que pueden representar los efectos de los CTP, lo que incluye impactos importantes sobre el sistema de salud; c) las competencias que las autoridades de salud pública municipales, autonómicas, estatales y comunitarias tienen en áreas estratégicas para prevenir la exposición a los CTP, monitorizar valores e intervenir; d) la complejidad quimicobiológica de las exposiciones, sus mecanismos de acción y sus efectos funcionales, en cuya valoración debemos participar, y e) el arraigo estructural que las fuentes y las vías de exposición tienen en nuestro sistema económico y ecológico (que al cabo son uno solo), y en sus subsistemas agrícola, industrial o alimentario56.

El Convenio de Estocolmo: ¿se puede gobernar globalmente la salud pública?

Los CTP son más que un símbolo de una cierta «globalización»56: son contaminantes estrictamente planetarios. Y no sólo en la dimensión biofísica: globales o planetarios son los procesos causales distales que mejor explican sus efectos en todas las partes de la Tierra. ¿Se puede hacer algo «glocalmente» útil?

Aunque existen múltiples experiencias ­como las que durante décadas ha desarrollado la Organización Mundial de la Salud (OMS)­, la gobernabilidad democrática global de la salud pública es difícil de poner en práctica. Algo similar ocurre con las políticas ambientales, y ahí están propuestas como el Código Internacional de Conducta para la Distribución y Uso de Pesticidas (1985), las Directrices de Londres para el Intercambio de Información en el Comercio Internacional de Productos Químicos (1987) o el capítulo 19 de la «Agenda 21» (1992)57.

Nos encontramos, no obstante, ante una nueva oportunidad histórica: la resultante del proceso de negociación, acuerdo y ratificación del Tratado de Estocolmo, o Convenio de los COP6,57-61. Auspiciado por el Programa Ambiental de las Naciones Unidas, este acuerdo internacional persigue acabar con el uso de varios COP y reducir el de otros, en total, 12 (tabla 5). La redacción final del tratado se fraguó durante la Convención para el control de los COP celebrada en Johannesburgo en diciembre de 200052,60,61. El acuerdo fue posteriormente suscrito por un centenar de países ­entre ellos, España­ durante la reunión celebrada al efecto en Estocolmo en mayo de 2001. Los países firmantes deberán ratificarlo en los próximos meses, aunque se cree que transcurrirán 3 o 4 años antes de que 50 países lo hayan hecho, tras lo cual el tratado entrará en vigor. (En el momento de revisar este artículo lo habían ratificado 6 países.) Entonces se celebrará otra Conferencia de las Partes, que deberá concretar numerosas cuestiones de enorme importancia práctica.

 

 

En noviembre de 2001, a iniciativa del Instituto Sindical de Trabajo, Ambiente y Salud (ISTAS), la posible aplicación en España del Convenio concitó ­por vez primera en España­ a un nutrido grupo de ambientalistas, sindicalistas, salubristas, representantes empresariales y autoridades políticas58. Es significativo que dicha organización sindical articulase y auspiciase el debate, pues a priori cabría esperar que lo hubiesen hecho otras organizaciones profesionales, científicas o gubernamentales.

En consonancia con las previsiones ya apuntadas, creemos que en los próximos años en España seguirá aumentando la concienciación social sobre los riesgos que suponen los CTP. También es previsible que los gobiernos (europeo, central, autonómicos y municipales) dinamicen sus programas de salud pública, medio ambiente o seguridad alimentaria y apliquen con mayor vigor la existente y la emergente legislación sobre contaminantes. Todo ello favorecerá la consolidación de las estrategias más eficientes que ya funcionan, y la puesta en marcha de nuevas políticas; para vigilar y controlar, por ejemplo, la contaminación industrial por PCB de los alimentos, el agua, el aire y los suelos; sobre las condiciones de trabajo, para proteger a los trabajadores expuestos; para controlar el uso de plaguicidas en la industria agrícola, o sistemas eficaces de inspección de los residuos organoclorados en los alimentos9,30-34,58. Al mismo tiempo, será esencial apoyar con mayor decisión la investigación que más ayude a comprender y controlar las consecuencias económicas, laborales, culturales, ambientales y sanitarias que tienen los residuos de CTP y otros agentes químicos ambientales. Además de proporcionar beneficios sociales directos, estas estrategias servirán ­a quienes las apliquen­ para demostrar a la ciudadanía que es posible actuar a un mismo tiempo global y localmente, a corto y largo plazo. Hay que tener cuenta que, por ejemplo, el Convenio de Estocolmo contempla el progresivo abandono de los PCB para 2020-2030, mientras que la Directiva sobre PCB trabaja con el horizonte de 2010 (tabla 2). Puesto que a menudo el tiempo de vida media de estos compuestos es de décadas, si se cumplen las normas legales y no cambian otros determinantes, en los próximos 10-30 años la impregnación corporal por muchos CTP sólo habrá descendido a la mitad, a un tercio o quizá a una cuarta parte de las concentraciones actuales. Obviamente, los principales beneficios de lo que ahora hagamos sólo podrán ser percibidos por nuestros descendientes. Esta escala temporal plantea incógnitas socioculturales y técnicas inéditas.

En cualquier población, la información sobre las concentraciones de los CTP es un puzzle técnicamente complejo y cambiante en el tiempo. Pero las piezas del rompecabezas disponibles en España son exiguas. Si nuestras prioridades reales son la salud pública y el equilibrio ambiental, esta situación debe cambiar. El Convenio de Estocolmo es una nueva oportunidad social, política y científica para lograrlo.

Agradecimientos

Los autores agradecen sinceramente las aportaciones de Estefanía Blount, Joan Grimalt, Esther Marco, Mary Woolf, Kirsten Moysich, David J. MacFarlane, Àlex Amorós, Olga Juan y Puri Barbas. Las ideas y propuestas contenidas en este artículo fueron discutidas en diversos encuentros: IV Conferencia sobre Disruptores Endocrinos y IX Jornada Técnica de la Sociedad Española de Sanidad Ambiental (Ministerio de Sanidad y Consumo, Madrid, 3 abril 2001); Inauguración de los Cursos de verano de la Universidad de Alicante (Cocentaina, 9 julio 2001); I Reunión Nacional sobre Dioxinas, Furanos y Compuestos Orgánicos Persistentes Relacionados (CSIC, Madrid, 18 octubre 2001); y Congreso sobre Implementación del Convenio sobre COPs (Instituto de Salud, Trabajo y Ambiente-CC.OO., Madrid, 27 noviembre 2001). Ninguna idea madura fuera del contexto social. Sin estos foros, las ideas aquí plasmadas tampoco habrían alcanzado su forma actual.


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