SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.2 issue3Valor de la aspirina o heparina en el tratamiento de los accidentes cerebrovascularesInfección por VIH y otras enfermedades de transmisión sexual en mujeres de México, DF author indexsubject indexarticles search
Home Page  

Revista Panamericana de Salud Pública

Print version ISSN 1020-4989

Rev Panam Salud Publica vol.2 n.3 Washington Sep. 1997

http://dx.doi.org/10.1590/S1020-49891997000900008 

La integración de la genética a la oncología

 

 

En 1994 se presenció una incorporación de la genética al campo de la oncología, en virtud del descubrimiento de los genes responsables de la susceptibilidad a determinados tipos de cáncer. Inicialmente se estableció que mujeres con antecedentes familiares marcados de cáncer de ovario, mama, o ambos, y al mismo tiempo portadoras de una mutación en la línea germinal del gen BRCA1, presentaban riesgos de 85 y 60% de desarrollar cáncer de mama y ovario, respectivamente, durante su ciclo vital. Con la posterior identificación del gen BRCA2 llegó a suponerse que la mayoría de los cánceres de mama de tipo familiar estaban determinados por esos dos genes. En consecuencia, se justificó la ulterior búsqueda de análisis genéticos que permitieran hacer un diagnóstico precoz, así como la realización de investigaciones que, en un contexto muy competitivo, se encaminaban al descubrimiento de nuevos genes y al desarrollo de métodos de tamizaje para su detección.

Tres años más tarde se hace oportuno revisar lo acontecido hasta el momento. En cuatro artículos publicados en la New England Journal of Medicine se llama la atención a las limitaciones del análisis genético, si se pretende que sus resultados sean categóricamente proféticos. Según manifiesta B. Healy en un editorial que apareció en el mismo número de la revista, el problema no radica en la validez de la información, sino en su aplicación inadecuada.

Couch, et al., tras un estudio emprendido con el propósito de desarrollar un modelo predictivo para mujeres con antecedentes familiares de cáncer de mama y mutación del gen BRCA1, concluyen que el tamizaje para detectar esta mutación representa un gasto sin mayor provecho. Dado que la mutación se encontró en 7% de las mujeres estudiadas, se espera un resultado negativo en cerca de 93% de los casos, situación que puede llevar a una falsa sensación de seguridad y quizá a un descuido de las prácticas preventivas. Por otra parte, la sobreestimación del riesgo representado por estos genes puede conducir a la reiteración de pruebas sin mayor significado e incluso a intervenciones mutilantes y traumatizantes.

En los dos genes BRCA se han descrito más de 200 mutaciones, asociadas en su mayor parte con la capacidad de un gen supresor putativo para bloquear el desarrollo de un cáncer. Sin embargo, diferentes mutaciones pueden asociarse con diferentes riesgos de sufrir cáncer de mama, ovario u otros órganos y también con distintas probabilidades en cuanto a tipo histológico de tumor y a índice de progresión. A ese respecto, Krainer, et al. han comprobado que las mutaciones del gen BRCA2 contribuyen a un menor número de cánceres que las del gen BRCA1.

Incluso una misma mutación puede comportarse de diferente forma en distintas mujeres. Struewing, et al. investigaron el riesgo de cáncer en un grupo numeroso de judías ashkenazim que, en virtud de su extracción étnica, presentaban una de las tres mutaciones específicas de los genes BRCA. La contribución de esas mutaciones al cáncer fue muy escasa (50% al de mama y 16% al de ovario), si se tiene en cuenta que estudios anteriores en mujeres con antecedentes familiares de esos cánceres habían arrojado valores de 87 y 64%, respectivamente. Todos estos datos resaltan la influencia de factores modificadores (genéticos, hormonales, dietéticos o ambientales) en el riesgo de que una mutación particular de un gen BRCA llegue a causar cáncer. A ello se suma el descubrimiento de nuevos genes que predisponen al cáncer por diferentes mecanismos, entre ellos la disminución del metabolismo estrogénico.

Para evaluar si es o no justificable la mastectomía u ooforectomía profiláctica en portadoras de mutaciones de lo genes BRCA1 y BRCA2, Schrag, et al. diseñaron un modelo teórico para predecir la esperanza de vida promedio de esas mujeres, estimándola en 3 a 5 años de vida adicional después de la mastectomía y en 4 a 20 meses adicionales después de la ooforectomía. Esos valores abogan por un manejo conservador de las portadoras de la mutación, ya que no difieren mayormente de los correspondientes a mujeres que no son portadoras.

Según Healy, todavía no se dispone de datos suficientes para incorporar a la práctica clínica diaria la prueba detectora de mutaciones de los genes BRCA, puesto que sus resultados siguen siendo discutibles. Tanto los médicos como sus pacientes deberían ser conscientes de las consecuencias de sobreestimar el valor de esa información y de adoptar procedimientos profilácticos cuyos beneficios no se hayan confirmado. (Healy B. BRCA genes: bookmaking, fortunetelling, and medical care. N Engl J Med 1997;336:1448-1449).