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Revista Panamericana de Salud Pública

Print version ISSN 1020-4989

Rev Panam Salud Publica vol.2 n.6 Washington Dec. 1997

http://dx.doi.org/10.1590/S1020-49891997001200008 

Brote epidémico por transmisión del poxvirus de los monos entre seres humanos

 

 

Aunque se sabe desde hace varias décadas que el poxvirus de los monos puede infectar al hombre, siempre se pensó que la posibilidad era rara, dada la baja frecuencia de la transmisión entre seres humanos. De ahí el estado de alerta ocasionado por la aparición de un mínimo de 92 casos y tres defunciones en la República Democrática del Congo entre febrero de 1996 y febrero de 1997. Según información suministrada por un equipo de trabajo internacional integrado por la OMS y el Ministerio de Salud local, de 89 personas estudiadas, 73% se contagiaron por contacto con humanos infectados. Este porcentaje, que representa un notable incremento con respecto al 30% registrado en la misma zona de 1981 a 1986, suscitó gran inquietud. La diseminación entre seres humanos podría haber sido facilitada por la guerra civil en curso, ya que por hambre los campesinos recurrieron a la caza de animales portadores del virus, es decir, monos, ardillas y ratas. Otra posibilidad es que la población haya perdido la protección conferida por una vacunación antivariólica con efecto protector contra la viruela de los monos, dada la estrecha relación entre los dos poxvirus causales.

Solo 18% de los afectados mostraron viejas escaras por vacunación y aun en esos casos es probable que no estuvieran protegidos, porque la inmunidad habría dejado de ser eficaz 5 a 10 años después de la vacunación antivariólica, que en todo el mundo fue suspendida hace dos décadas. La explicación más inquietante —que el poxvirus de los monos hubiera mutado haciéndose más virulento o más transmisible— no ha sido confirmada por el análisis genético de los aislamientos. En todo caso, la posibilidad de que el virus se haya adaptado al hombre es ominosa.

Si bien es cierto que por el momento las actitudes alarmistas no están justificadas, el virólogo Peter Jahrling, del Instituto para la Investigación de Enfermedades Transmisibles del Ejército de los Estados Unidos de América (U.S. Army Medical Research Institute of Infectious Diseases) en Fort Detrick, Maryland, logró convencer a los militares estadounidenses de que se vacunara a las tropas destinadas a la zona afectada. En general, los investigadores se muestran reticentes a instituir un nuevo programa de vacunación antivariólica en la población local por temor a que provoque enfermedad y muerte en un área con una alta tasa de infección por VIH y, consiguientemente, de inmunodepresión. Por el momento la OMS, alerta ante el brote, ha advertido acerca de los riesgos implicados por la retirada de soldados del territorio donde ocurrió el brote y también por el posible desplazamiento hacia él de refugiados procedentes de Ruanda.

Oportunamente, Cohen recuerda que hace casi 4 años se discutieron las ventajas y desventajas de destruir las dos únicas reservas del virus de la viruela que hoy quedan en el mundo: una en Atlanta, Georgia, y la otra en Moscú, Rusia. Para los partidarios de conservarlas y de estudiar el virus para definir sus secuencias genéticas, la aparición del poxvirus de los monos en el hombre será un argumento a favor. La destrucción de las dos reservas del virus de la viruela está proyectada para el 30 de junio de 1999; un mes antes se celebrará la Asamblea Mundial de la Salud que, por sus atribuciones, estaría en condiciones de postergar esa eliminación. (Cohen J. Is an old virus up to new tricks? Science 1997;277:312–313).