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Revista Panamericana de Salud Pública

Print version ISSN 1020-4989

Rev Panam Salud Publica vol.3 n.1 Washington Jan. 1998

http://dx.doi.org/10.1590/S1020-49891998000100008 

Vacunación BCG y enfermedades atópicas

 

 

Las tasas de enfermedad atópica mediada por anticuerpos IgE están aumentando en los países desarrollados y la proporción de niños con asma, dermatitis atópica, rinoconjuntivitis y alergia alimentaria ya excede de 30%. Ese incremento, cuya causa se ignora, podría en parte deberse a la disminución de ciertas enfermedades infecciosas y también a cambios en los planes de inmunización (entre ellos, la vacunación antituberculosa con BCG). Por ser un potente inductor de la inmunidad mediada por células en general y del interferón-g en particular, la BCG también ha sido empleada para tratar de modular la respuesta inmunitaria y, sobre esa base, interferir en la patogenia de determinadas enfermedades. A ese respecto, se ha logrado que una dosis subcutánea única de BCG produzca una remisión clínica a largo plazo en niños con diagnóstico reciente de diabetes tipo 1. En Suecia, la BCG llegó a aplicarse a 95% de los recién nacidos, hasta que en 1975 se interrumpió esa práctica por los efectos colaterales de la vacuna y, sobre todo, por el bajo riesgo de exposición a la tuberculosis. En la actualidad, la tasa de vacunación con BCG es menor de 4%, ya que solo se administra a niños en estrecho contacto con tuberculosos o a inmigrantes de zonas de alto riesgo, así como en el caso de que lo soliciten los padres.

Teniendo en cuenta esas condiciones, Alm et al. emprendieron una investigación para establecer si la vacuna BCG administrada en la infancia más allá del período neonatal era un estímulo suficiente para desviar al sistema inmunitario de niños con alto riesgo hacia un fenotipo no atópico. Para ello, estudiaron retrospectivamente una cohorte de 216 niños con antecedentes hereditarios de atopia, nacidos en Estocolmo entre 1989 y 1992. Estos niños habían recibido BCG antes de los 6 meses de edad. El grupo control, 358 niños apareados por edad con los casos, no había sido vacunado. Todos los niños habían acudido a consulta hospitalaria durante el período de 1995 a 1996 para la evaluación de sus antecedentes y signos clínicos de enfermedad atópica.

La vacunación temprana no afectó al desarrollo de la enfermedad atópica en niños preescolares con antecedentes atópicos, según se estableció por examen clínico, pruebas cutáneas y análisis de anticuerpos IgE. Estos resultados difieren de los encontrados por Shirakawa et al. (Science 1997;275:77­79) en escolares japoneses de 12 a 13 años, en quienes se observó una relación inversa entre la reacción de Mantoux positiva y varios componentes de atopia, entre ellos IgE específica y síntomas. Para Alm et al., la discrepancia sería atribuible a que la incidencia de tuberculosis en el Japón es alrededor de 10 veces mayor que en Suecia, lo que significaría una mayor exposición natural a la micobacteria. La diferencia de efectos consecutivos a la vacunación y a la infección natural ha sido bien ilustrada por un estudio retrospectivo de niños de Guinea-Bissau (Lancet 1996;347:1792­1796), donde la infección por sarampión, pero no la vacunación antisarampionosa, estuvo asociada con reducción de la atopia. Los hallazgos negativos de Alm et al. corresponden a niños en edad preescolar. Si los resultados fueran similares entre niños mayores y niños sin atopia hereditaria, podría concluirse que la vacunación BCG no constituye una estrategia primaria efectiva para prevenir la atopia.

Sin embargo, Silverman (Lancet 1997;350:381­ 382), a la vez que reconoce la calidad del estudio estadístico efectuado por Alm et al., opina que debe ser ampliado para incluir casos con bajo riesgo de atopia, ya que una elevada proporción de niños asmáticos y la mayoría de los niños atópicos provienen de familias sin antecedentes hereditarios. Podría ocurrir que esas poblaciones infantiles fueran más susceptibles a la modulación de la respuesta inmunitaria, ya sea por manipulación ambiental o por efecto de agentes terapéuticos. Aunque se requieren pruebas en modelos no humanos y también in vitro para redefinir las relaciones entre factores del huésped (genotipo y condición inmunitaria), estímulos ambientales (dieta y adyuvantes respirados o ingeridos), y factores infectantes o vacunales (carga, oportunidad y pureza), será muy útil el aporte representado por datos que se obtengan de poblaciones de diversos países, dados los diferentes programas de vacunación BCG instituidos e incluso su restricción a recién nacidos con alto riesgo de tuberculosis. (Alm JS, Lilja G, Pershagen G, Scheynius A. Early BCG vaccination and development of atopy. Lancet 1997;350:400­403.)