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Revista Panamericana de Salud Pública

Print version ISSN 1020-4989

Rev Panam Salud Publica vol.4 n.4 Washington Oct. 1998

http://dx.doi.org/10.1590/S1020-49891998001000009 

La liberación gradual de yodo en el agua de poblaciones aisladas

 

 

El yodo es un nutriente tan escasamente representado en la cadena alimentaria (en las algas marinas y mariscos) que, aparte de poder vivir en una región costera de la cuenca del Pacífico, no hay ninguna estrategia basada en los alimentos que garantice protección contra los trastornos causados por la carencia de yodo. En lo que a la ingestión de yodo se refiere, si se exceptúan las poblaciones pesqueras esquimales, coreanas y japonesas, y los isleños del Pacífico y otros grupos pequeños, el mundo se divide en dos grandes poblaciones. Un grupo está protegido por programas de yodación de la sal apoyados por mandato legislativo y el otro grupo sufre de deficiencia endémica de yodo. El segundo grupo es mucho más grande que el primero.

El enriquecimiento de la sal con yodo es tan efectiva cuando se lleva a cabo de forma apropiada, que hay quienes claman por la yodación universal de la sal para toda la población del mundo, aun en lugares donde la sal es una industria artesanal local y se necesitaría centralizarla para fundamentar la solución. Aun así, la producción de sal no siempre está centralizada y a menudo se desobedecen las normas de fortificación. Se han realizado estudios de alcance mundial que muestran cuán incompleta e inadecuada puede ser la yodación de los abastecimientos de sal, incluso en naciones donde es obligatoria. En los círculos académicos se han ideado y puesto a prueba opciones creativas y alternativas para mejorar la cobertura de la yodación. Se ha añadido yodo al azúcar, a los fertilizantes y al agua, se ha aplicado por vía intramuscular y oral en enlaces covalentes con los lípidos de aceites, y se ha administrado en programas de nutrición escolar. Si el yodo se comportara como su pariente químico el flúor, sería posible yodar el agua tal como se fluorura. Pero este no es el caso y hay que buscar otros sistemas.

Durante 2 años, el agua se evaluó como vehículo para el yodo en cuatro aldeas de una zona árida del Sudán. Cada población tenía entre 263 y 1657 habitantes, que obtenían el agua potable de pozos con bombas manuales o de pozos tradicionales con ayuda de un balde. En esos lugares se ensayó el uso de matrices de silicona que contenían yodo y lo liberaban lentamente mientras flotaban en el agua. Se usó uno o más de estos módulos como fuente de yodo en cada uno de los pozos locales. No se observó ningún cambio de olor, color ni sabor en las aguas yodadas. Las concentraciones de yodo fueron más altas en las muestras recolectadas de noche que en las recogidas por la mañana. Mientras que las concentraciones de yodo antes de la intervención variaron entre 0,04 y 0,14 µmol/L, después del uso de los módulos aumentaron a entre 0,31 y 2,21 µmol/L. En los pozos tradicionales el aumento fue menor que en los de bomba manual. Al final del primer año, antes de reemplazar las fuentes de yodo, las concentraciones eran de 0,04 a 0,20 µmol/L, pero aumentaron a entre 0,12 y 2,7 µmol/L 6 meses más tarde y volvieron a las concentraciones de base a final del segundo año.

En este estudio se investigó, además de la duración del efecto del yodo y su impacto dietético, la interpretación de indicadores diagnósticos de la nutrición con yodo. Las concentraciones de yodo en la orina aumentaron de tres a cinco veces en las aldeas tratadas, con mayores aumentos en las que usaban pozos con bombas manuales. La prevalencia general de bocio cambió de 69% al principio de la intervención a 25% durante los 2 años, si bien en muchos de los habitantes que podrían haberse normalizado la dolencia no se detectaba visualmente, ya que la involución de los tejidos ocurre gradualmente. Un resultado interesante fue que los valores de la hormona estimulante de la tiroides (TSH), anormalmente elevados al principio del estudio, se redujeron de 30 a 15% en los 2 años y las concentraciones de tiroxina en suero (T4) aumentaron mientras que disminuyeron las de triyodotironina (T3). Aunque es un procedimiento invasor y más caro que los ensayos de orina, la medición de las hormonas refleja mucho más exactamente el impacto biológico de la intervención y no debe soslayarse.

Los resultados del estudio del Sudán indican que la agregación de yodo al agua de las aldeas es un enfoque viable para combatir los trastornos causados por la carencia de yodo. Además, permitieron observar que todavía no tenemos un índice diagnóstico confiable para monitorear cómo responde el estado de una población con respecto al yodo a las intervenciones de salud pública. Ambos aspectos requieren más estudio. (Solomons NW. Slow-release iodine in local water supplies reverses iodine deficiency disorders: Is it worth its salt? Nutr Rev 1998;56(9):280-281.)