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Revista Panamericana de Salud Pública

Print version ISSN 1020-4989

Rev Panam Salud Publica vol.5 n.1 Washington Jan. 1999

http://dx.doi.org/10.1590/S1020-49891999000100007 

Los médicos deben combatir la pobreza para reducir la enfermedad

 

 

Es posible que la pobreza y la desigualdad social sean los factores más importantes de todos los que determinan los estados insatisfactorios de salud. Cada día hay más pruebas de que la situación socioeconómica está íntimamente relacionada con la enfermedad. Actualmente la pobreza extrema afecta a más de 20% de la población mundial y hasta 43% de los niños del mundo en desarrollo ¾ 230 millones de niños¾ tienen baja estatura para su edad, mientras que 50 millones tienen peso bajo para su estatura. La malnutrición por carencia de micronutrientes como la vitamina A, el yodo y el hierro afecta a cerca de 2 000 millones de personas. La esperanza de vida de una persona promedio en uno de los países menos desarrollados es de 43 años, en contraste con la de 78 años en los países industrializados. El conocimiento de estos datos debe tener consecuencias tanto para la práctica clínica como para la política de salud pública y merece la atención de los médicos. La pobreza absoluta, que implica la falta de recursos necesarios para la supervivencia, se asocia con salud deficiente, especialmente en los países en desarrollo. Durante los últimos dos decenios, el deterioro o el estancamiento económico ha reducido los ingresos de 1 600 millones de personas. En los países industrializados, la salud depende en gran medida de la pobreza relativa; es decir, del promedio de recursos al alcance de la sociedad.

La pobreza es un fenómeno multidimensional que puede definirse no solo en función económica, sino social. Si bien es bastante fácil medir la pobreza económica, la medición de la dimensión social ¾que es más difícil¾ contribuiría mucho más a entender las causas y consecuencias de la pobreza. Con ese fin se están elaborando índices de privación. La medida sociológica de la pobreza se expresa en la exclusión de los más pobres de la forma de vida mayoritaria de participación social. A pesar de que en 1978 la Declaración de Alma-Ata explicó cómo la salud humana depende de condiciones adecuadas de vida, los gobiernos y las organizaciones de desarrollo la han seguido considerando responsabilidad del sector de la salud y ajena a los esfuerzos de desarrollo. En realidad, la relación entre la pobreza y la salud se puede comprender mejor dentro del marco de la nueva noción de "salud del ecosistema", que ubica a la salud y la pobreza en el nexo del ambiente, el desarrollo y el crecimiento de la población. Los ecosistemas fundamentan la salud pública en cualquier tipo de país, no solo porque se relacionan con la producción de alimentos, sino también por el papel que desempeñan en el desarrollo económico. La sustentabilidad se asegura utilizando los recursos de forma que satisfagan las necesidades de las poblaciones sin comprometer las de las generaciones del futuro. La satisfacción de las necesidades de los pobres del mundo implica limitar el uso actual de recursos que hacen las naciones industrializadas. También hay que estabilizar el crecimiento de las poblaciones en los países menos desarrollados, ya que el desarrollo de recursos no se mantiene al mismo ritmo con que crece la población, lo que hace aumentar la pobreza. Por su parte, el deterioro ambiental aumenta los costos del desarrollo y el grado de pobreza. La desforestación, por ejemplo, produce erosión del terreno, inundaciones y deslizamientos del terreno, que reducen la productividad agrícola.

Hay numerosas formas de mejorar la salud de las poblaciones pobres. La tarea esencial es lograr que se satisfagan las necesidades básicas humanas de abrigo, aire limpio, agua potable segura y nutrición adecuada. Otros enfoques entrañan reducir las barreras que impiden la adopción de modos de vida más sanos y mejorar el acceso a servicios sociales y de salud apropiados y efectivos. Como clínicos, educadores, científicos que investigan y partidarios de cambios de política, los médicos pueden hacer aportes en todos esos campos. Ellos y otros profesionales de la salud deben comprender la pobreza y sus efectos en la salud de las poblaciones y tratar de ejercer influencia en los encargados de las decisiones políticas a nivel nacional e internacional para disminuir la carga de enfermedad que resulta de la pobreza. Los médicos tienen la responsabilidad profesional y moral de cuidar a los enfermos y evitar el sufrimiento. Puesto que se trata de una amenaza para la salud individual y colectiva, tienen también la responsabilidad social de tomar acción contra la pobreza y sus consecuencias para la salud. Ya es hora de que en la capacitación de estudiantes de medicina se insista en que conozcan los factores socioeconómicos de los pacientes, su grado de escolaridad, historia ocupacional, condiciones de vivienda y de contactos sociales, etc. para que hagan diagnósticos más completos y prescriban tratamientos más apropiados a las circunstancias individuales. En la comunidad, los médicos pueden abogar por políticas públicas que mejoren la salud de los marginados. Como investigadores, pueden dar a conocer los mecanismos que llevan de la privación a la mala salud y favorecer intervenciones eficaces para reducir la desigualdad en el acceso a servicios de salud. Pueden, igualmente, declararse a favor de que se perdone la deuda externa a los países más pobres. Además, podrían ayudar a hacer desaparecer las barreras que obstaculizan los estados de vida sanos pronunciándose contra el uso de tabaco y otras sustancias nocivas y la publicidad correspondiente. En cuanto al ambiente, los médicos deben apoyar legislación para mantener la calidad del aire, el agua y los alimentos. Los colegios y otros grupos de profesionales tendrían mucha influencia en actividades que se orienten a reducir las desigualdades de salud debidas a la pobreza. (McCally M, Haines A, Fein O, Addington W, Lawrence RS, Cassell CK. Poverty and ill health: physicians can, and should, make a difference. Ann Intern Med 1998;129(9): 726­733.