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Revista Panamericana de Salud Pública

Print version ISSN 1020-4989

Rev Panam Salud Publica vol.5 n.1 Washington Jan. 1999

http://dx.doi.org/10.1590/S1020-49891999000100012 

La terapia celular: algunas consideraciones

 

 

La terapia celular, usada para sustituir o reparar la función de células o tejidos lesionados, consiste en transplantar células individuales a un órgano receptor en cantidades suficientes para que sobrevivan y restauren la función normal. La mayor parte de las células tisulares provienen de formas precursoras inmaduras que se diferencian hasta poder llegar a desempeñar las funciones que les exige su entorno inmediato. El organismo reemplaza los tejidos en degeneración de dos maneras: 1) por diferenciación de células nuevas a partir de precursoras residuales, como en el caso de las células sanguíneas, y 2) por proliferación de células ya diferenciadas, como sucede con las células hepáticas, endoteliales y de músculo esquelético. Actualmente se cree que hay células primordiales en estado latente en la mayor parte de los tejidos del adulto, pero que son escasos los estímulos que las activan. La mayoría de las enfermedades o lesiones que alteran la función celular son, sin embargo, demasiado graves para ser corregidas por estos mecanismos de autorreparación. En tales casos es factible acudir a la terapia celular, eligiendo la célula que ha de injertarse según el tipo de lesión tisular y la función que deberá desempeñar la célula transplantada.

Pueden transplantarse células con el propósito de que secreten determinadas sustancias solubles con efectos locales o sistémicos. En otros casos, las células implantadas deben desempeñar funciones fisiológicas definidas. Por consiguiente, su fenotipo y espaciamiento cobran gran importancia desde el punto de vista de su utilidad. La terapia celular se ha aplicado con mioblastos en casos de distrofia muscular; con epitelio retineano en pacientes con degeneración macular y con tejido neuronal en pacientes con parkinsonismo. En un futuro se espera poder aplicarla con hepatocitos en pacientes cirróticos. Por último, en algunos casos las céulas implantadas deberán desempeñar funciones muy complejas de reparación o sustitución de tejidos para las cuales su localización espacial y temporal tendrá una importancia crítica. El principal ejemplo de este tipo de terapia es el reemplazo continuo y completo del tejido hematopoyético mediante el transplante de médula ósea.

A la hora de decidir qué tipo de célula se debe transplantar, se suman a los factores anteriores ciertas propiedades de las células mismas, como su accesibilidad y la rapidez y facilidad con que se cultivan, multiplican y manipulan. También es un factor limitante la cantidad de células necesaria para lograr la función deseada. Algunas células no pueden regenerarse in vitro. En tales casos se debe considerar el uso de células no autólogas, como las alógenas, las inmortalizadas o las xenógenas. Una de las principales ventajas de las células alógenas es que no hay que esperar hasta que haya donantes, ya que las células pueden prepararse mucho antes del transplante. No obstante, están sujetas a los mismos problemas de variabilidad y replicabilidad que afectan a las células autólogas. Las líneas celulares primarias proliferan con dificultad, aunque pueden clonarse y subclonarse hasta lograr una línea sin esta desventaja. Por otra parte, las células inmortalizadas o transformadas a menudo pierden su capacidad de diferenciarse por completo y pueden convertirse en células neoplásicas después de injertarse. Pero el peor problema que plantean las células no autólogas es su capacidad para inducir un respuesta inmunitaria que las destruya. En el caso de las células alógenas, la reacción suele estar mediada por linfocitos T. La respuesta inmunitaria puede mitigarse mediante el uso de células derivadas de poblaciones puras sin contaminación con leucocitos o células endoteliales y procurando producir poca lesión al sitio del injerto.

No hay, en efecto, ninguna célula ideal que llene todos los requisitos para combatir cualquier enfermedad. Las células obtenidas de donantes no solo plantean los problemas inmunitarios descritos, sino también algunos de carácter ético. Deben someterse a pruebas de inocuidad antes de usarse en seres humanos. Se recomienda, por ejemplo, efectuar pruebas de integridad cromosómica, de esterilidad y de detección de micoplasmas y diversos virus, tales como los VIH 1 y 2. También debe investigarse la inocuidad del procedimiento quirúrgico empleado.

En resumen, la terapia celular requiere un enfoque que abarca muchas disciplinas, desde la inmunología hasta la biología celular, y su éxito se basa en poder entender la complejidad de la interacción entre la célula individual y el organismo huésped. (Gage FH. Cell therapy. Nature 1998;392 (supl):18­24.).