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Revista Panamericana de Salud Pública

Print version ISSN 1020-4989

Rev Panam Salud Publica vol.5 n.4-5 Washington Apr. 1999

http://dx.doi.org/10.1590/S1020-49891999000400011 

Santiago, una ciudad con temor

 

Enrique Oviedo S.1 y Alfredo Rodríguez A.2

 

 

RESUMEN El objetivo general de este artículo es evaluar los efectos de la inseguridad ciudadana en el uso del espacio público. Dicha evaluación exige analizar dos relaciones que se establecen en el ámbito de la violencia: la relación entre victimización y percepción de inseguridad; y la que se establece entre actitudes sociales y resolución pacífica de conflictos nacionales. Para ello, se analizaron las variables victimización, percepción de inseguridad, uso del espacio físico, actitudes hacia el sistema institucional político y social y hacia la resolución de conflictos nacionales, y las posibles relaciones entre ellas. Los datos para realizar el estudio se obtuvieron por medio de una encuesta que se llevó a cabo con 1 200 personas de 18 y 70 años de edad residentes en la ciudad de Santiago. Los resultados indican que Santiago es una ciudad de habitantes con temor y que el aumento de la percepción de inseguridad de sus habitantes contrasta con el hecho de que las tasas de victimización se hayan mantenido, más o menos, constantes en los años que precedieron a la encuesta. El temor se relaciona con el abandono del espacio público físico y sociopolítico, así como con el refugio en los espacios y la vida privados. La actitud de resolver los conflictos por medios no pacíficos es frecuente y se asocia en mayor medida con la inseguridad, la actitud negativa hacia la democracia y la falta de expectativas sobre el futuro del país. Los resultados de este estudio respaldan la idea de que para superar el temor la gente tiende a adaptarse a la realidad adoptando una postura conformista, homogeneizando las creencias y los comportamientos, y sobreestimando la fuerza como medio para resolver las diferencias.

 

 

Existe poca información sobre la violencia en las ciudades chilenas. Es un tema nuevo. Los estudios que comparan índices de violencia colectiva generalmente han considerado a Santiago como una ciudad tranquila dentro del contexto latinoamericano. Un estudio pionero (1) situó a Chile entre los tres países con menor violencia en América Latina. Según información de la base de datos del Sistema de Información Técnica, del Programa de Análisis de la Situación de Salud, de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), durante el período 1980-1990 Chile se encontraba entre los países con las tasas brutas de mortalidad por homicidios más bajas de América (2). Confirman lo anterior las estadísticas nacionales entre 1986 y 1996 (cuadro 1).

 

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No obstante las estadísticas históricas sobre la delincuencia en Chile, el tema de la seguridad ciudadana está ocupando en los últimos años —a través de las noticias en los medios de comunicación y de las opiniones registradas en las encuestas— un lugar cada vez más prominente en la vida pública de la ciudad de Santiago. Ello se aplica especialmente al tema de la delincuencia. Desde mediados de 1990 hasta la fecha, la delincuencia está apareciendo en las encuestas de opinión como uno de los problemas principales para las personas y como uno de los temas prioritarios para los que se demanda la acción del gobierno. Según cifras obtenidas en encuestas mensuales realizadas por el Centro de Estudios Públicos y la empresa de estudios de mercado Adimark, en 1989 21% de los encuestados opinaban que el gobierno debía dedicar su mayor esfuerzo a solucionar el problema de la delincuencia. Esta demanda ha crecido hasta llegar a 56% en 1997. A ello se suma que el 84% de la gente cree que la delincuencia en Chile es hoy más violenta que en el pasado (encuesta de Adimark, 1996).

Al margen de esta percepción de un aumento de la violencia por acciones delictivas —tema que no será abordado en este artículo—, en Santiago la creciente percepción de inseguridad de la gente no tiene como correlato un aumento del número de hechos delictivos. Así, según muestran estudios realizados en Santiago, la percepción de inseguridad está más relacionada con la mayor violencia incorporada en las acciones delictivas y con su mayor cobertura por los medios de comunicación, que con un aumento relativo de la totalidad de las acciones delictivas (3). A modo de ejemplo valga citar los titulares de distintos periódicos que anunciaban en julio de 1998 que el gobierno reconocía un aumento de 40% de la delincuencia en los 6 meses precedentes. Leyendo la información más detallada se constata lo que el Ministro del Interior había afirmado en realidad: que las acciones delictivas violentas contra las personas habían aumentado 40%, si bien la media de las acciones delictivas se mantenía sin mayores cambios.

En parte como respuesta social a la actual intervención de los medios de comunicación, la población de Santiago tiene una particular sensibilidad frente a las imágenes de violencia social por su historia política reciente —17 años de gobierno autoritario y un período posterior de cuidadoso reaprendizaje de valores democráticos—, que se suma a una historia de la que pocas veces ha estado ausente la violencia. Según estudios históricos recientes (4), en la historia política de Chile la violencia ha estado presente y ha compartido con rasgos propios la característica inestabilidad de los países de América Latina desde el siglo XIX. El país heredó de la sociedad del siglo XIX el legado que ella había recibido: el autoritarismo, que se remonta a la época de la conquista. Pero, al mismo tiempo, esa misma sociedad legó los medios para luchar contra el liberalismo. En el siglo XX se desaprovechó la oportunidad y se perpetuó el autoritarismo hasta la actualidad. En este contexto se explica la dualidad entre la imagen de un país estable, ordenado, de progreso, y uno de fuertes confrontaciones y desmoronamientos cíclicos. En Chile, el orden siempre ha supuesto una aceptación de la fuerza; sin embargo, nunca se ha podido garantizar plenamente la estabilidad. Como ejemplos de inestabilidad se pueden mencionar la matanza de los trabajadores y sus familias en la Escuela Santa María en Iquique en 1907, los golpes de estado de 1924, 1927 y 1932, la matanza de jóvenes nazis en el edificio del Seguro Obrero en Santiago en 1938, la masacre de partidarios comunistas en la Plaza Bulnes de Santiago en 1946, los pobladores muertos en 1964 en la Población José María Caro, y los intentos de golpe en 1939 y 1969.

La historia reciente del país lo enfrenta a una realidad dolorosa que la débil memoria aún no permite superar sanamente. La Vicaría de la Solidaridad notificó para el período 1973-1980 un total de 260000 exiliados. Según el Comité para la Paz de la Vicaría de la Solidaridad, en el período 1973-1988 hubo 89 138 situaciones represivas. Entre 1981 y 1988, la Comisión Chilena de Derechos Humanos computó 125286 situaciones represivas. Según la Corporación Nacional de Reparación, entre 1973 y 1990 hubo 793 ejecutados y desaparecidos. En 1991 se publicó el informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, en el cual se concluye que en los 17 años del gobierno militar 2025 personas —los casos que se pudieron confirmar fehacientemente— sufrieron graves violaciones de sus derechos humanos. En 1994, la Unidad de Salud Mental del Ministerio de Salud mencionó como situaciones de violencia que deben preocupar a las autoridades las violaciones sistemáticas de los derechos humanos, civiles y políticos de la población ocurridas entre los años 1973 y 1990, así como las situaciones de violencia que se presentan en el seno de las familias (5).

Cuando hablamos de espacio público urbano nos referimos a la doble dimensión que encierra este concepto: el espacio público físico y el espacio público como sociedad política, dos espacios íntimamente relacionados. La historia política reciente de Chile obligó a sus ciudadanos a guarecerse en el ámbito privado y a refugiarse en relaciones con la familia y los amigos muy cercanos. El reverso de esta moneda fue la pérdida del espacio físico por parte de la sociedad civil. Durante un largo período, el encuentro social en plazas y calles requería una justificación ante la autoridad. Estas situaciones generales de la sociedad chilena se vieron agudizadas en los sectores pobres, que fueron sometidos a una pérdida de ciudad. Las erradicaciones masivas en que decenas de miles de familias fueron sacadas de sus lugares de residencia originales y radicadas en lugares determinados por las autoridades (6), representan hasta el día de hoy un problema de desarraigo y de pérdida no solo de los espacios físicos conocidos, sino del espacio social  conformado por la red de relaciones entre personas, familias y grupos.

La pérdida del espacio público, producto de esta historia reciente, se refuerza con la pérdida del espacio físico. Hoy día, la percepción de inseguridad derivada de la violencia delictiva empuja a la gente a abandonar la calle como lugar de encuentro social y a refugiarse en lo que percibe como espacios protegidos: la casa, el club o los centros comerciales.

En este artículo se describen los efectos que la inseguridad ciudadana ejerce en el uso del espacio público urbano. El artículo presenta resultados sobre victimización, percepción de inseguridad, uso del espacio físico, actitudes hacia el sistema institucional político social y hacia la resolución de conflictos nacionales. La hipótesis que se pretende contrastar es que la inseguridad ciudadana reduce el espacio público y que ello se expresa físicamente en una tendencia de los ciudadanos a refugiarse en el ámbito doméstico y, socialmente, en una tendencia a no confiar en los mecanismos democráticos y a no rechazar patrones autoritarios de solución de conflictos y de control social.

 

MATERIALES Y MÉTODOS

Entre noviembre de 1996 y marzo de 1997 se encuestó a 1 212 personas en Santiago. El universo y la muestra por estrato social, sexo y edad se presentan en el cuadro 2. La ciudad tiene una extensión de 2 269,2 km2, una población de 4 756 663 habitantes y 1 163 282 viviendas. El diseño de la muestra se basó en la información del último Censo de Población y Vivienda del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) de 1992. Se trabajó con el universo de los 277 segmentos censales del Gran Santiago y una muestra de 139 segmentos censales. Para estratificar la muestra, se construyó un índice compuesto por el nivel de educación según la edad de los habitantes, su tipo de ocupación, la calidad de la vivienda, el hacinamiento y el nivel de equipamiento de las viviendas. Los segmentos censales se ordenaron desde aquellos que tenían mayor presencia de habitantes en situación de pobreza, hasta los que tenían menor o ninguna representación. Esta jerarquización también contempló la mayor homogeneidad o heterogeneidad socioeconómica de los segmentos censales. Los primeros segmentos censales de la lista concentran solo a la población pobre; los que siguen son predominantemente de estrato bajo, si bien conviven con población de estrato medio. Así, con este criterio, la lista se amplió hasta llegar a los segmentos censales con una población de estrato alto homogéneo.

 

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Una vez ordenados los segmentos censales sobre la base de la puntuación final de los indicadores empleados en la estratificación mencionada, se procedió a dividir la muestra en tercios. De este modo, se constituyeron el estrato alto, medio y bajo del Gran Santiago. Posteriormente, se seleccionaron sistemáticamente 50% de los segmentos censales. Solo el segmento censal de mayor número de habitantes pasó a formar parte de la muestra sin participar en la selección. Dentro de los segmentos censales de la muestra se eligieron manzanas aleatoriamente. Una vez ubicadas las manzanas, se sortearon viviendas y, dentro de ellas y por medio de una tabla de números aleatorios, las personas entre 18 y 70 años que debían ser encuestadas. Los encuestadores explicaron a cada entrevistado el objetivo de la encuesta y le aseguraron que su participación era voluntaria y que podía negarse a contestar a cualquier pregunta o interrumpir la entrevista. Si la persona no estaba en la casa, el encuestador regresó a su domicilio hasta un máximo de tres veces. Las personas que se negaron a responder y las que no se encontraron después de tratar de localizarlas tres veces no se sustituyeron. El porcentaje de falta de respuesta fue 35% en el estrato alto, 15% en el estrato medio, y 6% en el estrato bajo.

La mayoría de los encuestadores seleccionados tenían experiencia en la realización de encuestas domiciliarias y todos recibieron la capacitación previa necesaria para la aplicaciónde esta encuesta. El trabajo de campo fue controlado por dos personas, que supervisaron 20% de las encuestas en el domicilio y todos los cuestionarios cumplimentados.

Las variables analizadas en este estudio (victimización, percepción de inseguridad, uso del espacio físico, actitudes hacia el sistema institucional político social y hacia la resolución de conflictos nacionales) se operacionalizaron mediante la construcción de escalas y apartados (ítemes) contenidos en el cuestionario el proyecto ACTIVA. La violencia se definió para los fines de este estudio como el uso de la fuerza física o la amenaza creíble del uso de la fuerza para causar daño físico a una persona o grupo de personas (7). La victimización, es decir, las experiencias violentas que convierten a alguien en víctima, se midió considerando 14 acciones violentas diferentes (ocurridas en los 12 meses precedentes a la encuesta), cinco de las cuales corresponden a una victimización indirecta o secundaria (ver a alguien que está siendo victimizado o tener un pariente cercano víctima). Esta variable se convirtió en dicotómica: población que fue victimizada al menos una vez y población que no lo fue nunca durante el período que abarca el estudio.

La percepción de inseguridad se midió por medio de cinco preguntas que relacionan la inseguridad en diversos lugares de la ciudad: residencia, calles del vecindario, medios de transporte y centro urbano. Se consideró como personas seguras a aquellas que manifestaron sentirse algo o muy seguras en todas partes. Las personas inseguras se dividieron en dos grupos: las inseguras moderadas, que afirmaron tener cierta o mucha inseguridad en uno o dos lugares de los mencionados; y las inseguras intensas, que manifestaron sentirse inseguras en tres, cuatro o cinco de esos lugares.

El uso del espacio físico se analizó por medio de cuatro apartados referidos a la manifestación de conductas adoptadas por el temor a ser víctimas de una acción violenta. En ellas, las personas debían expresar si habían limitado los lugares donde iban de compras, si habían limitado las actividades de recreo, si habían tenido necesidad de adquirir armas, o si habían sentido la necesidad de mudarse de lugar de residencia.

Se estudiaron distintas variables de índole política y social. Primero, la actitud social se definió como la creencia evaluativa que se expresa verbalmente en forma de afirmaciones adjetivadas acerca de personas, conflictos de grupo, interpretaciones, reacciones, respuestas, y demás (7). Segundo, en el análisis de las actitudes sociales hacia el sistema de las instituciones políticas se eligieron cuatro de las cinco preguntas del cuestionario ACTIVA: la visión del país en los cinco años venideros, la percepción sobre la participación personal en las decisiones que se toman en el país (¿Personas como usted pueden influir para que el país cambie?), la actitud hacia el sistema social (mantenerlo como está, hacer algunas reformas o cambiarlo totalmente), y la actitud hacia la democracia. A partir de la suma de las respuestas obtenidas en esas cuatro preguntas y de la separación de las puntuaciones (las altas de las bajas), la variable actitudes sociales hacia el sistema se dividió en dos categorías: las personas que mostraron tener una actitud positiva hacia el sistema institucional político y las que manifestaron tener una actitud negativa. La indiferencia se incluyó en la segunda categoría.

La variable que hace referencia a la resolución de conflictos nacionales se construyó a partir de la suma de los tres apartados del cuestionario ACTIVA relativos a las relaciones nacionales: "la guerra es necesaria para resolver conflictos entre países", "el Gobierno no debe sentarse a negociar un acuerdo con grupos que se le enfrenten violentamente", "la presencia militar en las calles es necesaria para controlar la violencia del país". En función de las respuestas obtenidas, los encuestados se dividieron en dos grupos: las personas que manifestaron adoptar una actitud pacífica para la resolución de conflictos nacionales (algo o muy en desacuerdo) y aquellas que dijeron decantarse por el uso de la fuerza (no está seguro, algo o muy de acuerdo).

Para analizar los datos se procedió del siguiente modo. Para las variables victimización, percepción de inseguridad y actitudes sociales hacia el sistema institucional, se construyeron las distribuciones de frecuencias y se realizaron pruebas de independencia mediante la prueba de ji al cuadrado. Por otra parte, las respuestas relativas a los niveles de inseguridad en la ciudad de Santiago se estratificaron en función de los distintos estratos socioeconómicos. Asimismo, se calcularon las medias aritméticas de los niveles de inseguridad de la población en la residencia, en los barrios durante el día y la noche, en los medios de transporte y en el centro de la ciudad, y las medias estimadas se compararon entre sí. Con objeto de analizar la relación entre percepción de inseguridad y victimización, se construyó una tabla de frecuencias. En este análisis revestía especial interés conocer el porcentaje de personas con percepción de inseguridad, que, sin embargo, nunca han sido víctimas directas o indirectas de alguna acción de violencia. Para contrastar la hipótesis mencionada anteriormente según la cual la sensación de inseguridad reduce el espacio público de los ciudadanos, se realizaron pruebas de asociación (ji al cuadrado) entre las variables percepción de inseguridad, uso del espacio físico, actitudes sociales hacia el sistema institucional político y social, y resolución de conflictos nacionales.

 

RESULTADOS

En el apartado sobre victimización destacaron los robos a mano armada y las heridas con armas blancas o de fuego. Empero, la proporción de estos hechos delictivos que no se denuncian fue alta. El porcentaje de siete tipos de acciones violentas referidas a robos, extorsiones y heridas con armas blancas que las víctimas no denunciaron fue mayor de 50%; mientras que en otras cinco acciones relacionadas con golpes de policías, amenazas de muerte, secuestros y suicidios, la ausencia de denuncia alcanzó 30%. Las únicas excepciones las constituyeron las heridas con armas de fuego y los asesinatos, pues todos se denunciaron.

En los 12 meses que precedieron a la encuesta, 11% de las personas encuestadas habían sido víctimas directas de una acción de violencia, 12% habían presenciado acciones violentas contra terceros, y los otros 77% no habían sido victimizados.

La percepción de inseguridad en la ciudad era alta. De los encuestados, 80% se sentían inseguros en alguna parte de la ciudad. El porcentaje de personas que se sentían seguras y no habían sido victimizadas fue mayor que el de las personas que se sentían inseguras y no habían sido victimizadas. Cabe destacar que 72% de los habitantes que tienen una percepción de inseguridad en la ciudad de Santiago nunca han sido víctimas directas o indirectas de alguna acción de violencia (cuadro 3). La inseguridad aumenta a medida que las personas se alejan de su residencia. Asimismo, sobresale el elevado porcentaje de personas que se sienten inseguras en el espacio público (66% de las personas encuestadas se sentían inseguras en los medios de transporte y 71%, en el centro de la ciudad), y esta percepción no varió en función del estrato social. No obstante, el porcentaje de personas que se sentían inseguras en su propia casa o en calles de su vecindario fue más alto entre las que pertenecían al estrato social bajo (cuadro 4). Los resultados indican, por añadidura, que la percepción de inseguridad altera algunas de las actividades cotidianas que realizan las personas en la ciudad, particularmente en lo que se refiere a las compras y, en menor medida, a las que se desarrollan en tiempo de ocio y recreo. Entre los que sentían una inseguridad intensa, 60% afirmaron haber limitado sus lugares de compra, 43% haber limitado los lugares de recreo, 28% tenían ganas de mudarse de barrio, y 11% habían sentido la necesidad de adquirir armas (cuadro 5).

 

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En la población de Santiago se aprecia una actitud negativa hacia el sistema político y social, así como una actitud no pacífica para resolver conflictos nacionales (cuadro 6). Los que se sienten inseguros en la ciudad tienden a adoptar actitudes más negativas hacia el sistema y menos pacíficas en lo que atañe a la resolución de conflictos. El 67% de los seguros, el 69% de los inseguros moderados y el 80% de los inseguros intensos manifestaron tener actitudes negativas hacia el sistema político y social. Cabe destacar que 37% de estas personas notificaron que en ciertas circunstancias podría ser buena una dictadura o que vivir en democracia o en dictadura no suponía ninguna diferencia para ellos. De ellas, la proporción de las que mostraron tener una actitud negativa o indiferente hacia la democracia fue mayor entre las que sentían inseguridad intensa (44%) o moderada (38%) que entre las que se sentían seguras (33%).

 

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Manifestaron tener actitudes no pacíficas para resolver conflictos a nivel nacional 56% de los que se sentían seguros, 59% de los inseguros moderados y 69% de los inseguros intensos. De estas personas, 44% coincidieron en que la presencia militar en las calles es necesaria para controlar la violencia delictiva. Este acuerdo fue mayor entre los que se sentían muy inseguros (54%) que entre los seguros (37%) (cuadro 6).

 

DISCUSIÓN

Santiago es una ciudad con temor. Actualmente existe una alta percepción de inseguridad relacionada con la violencia delictiva que no se sustenta en las tasas de victimización. La percepción de inseguridad es mucho mayor que la victimización directa e indirecta. Se estima que en los 12 meses que precedieron la realización de la encuesta de este estudio, 23% de los habitantes de Santiago habían sido víctimas directas o indirectas de una acción violenta; y alrededor de 77% de los no victimizados manifestaron sentirse inseguros en su casa, en su vecindario, en los medios de transporte colectivo o en el centro de la ciudad.

La percepción de inseguridad afecta a la vida social: las relaciones sociales disminuyen, se tiende a la reclusión, y se pierden los lugares públicos de encuentro. La ciudad tiende a la privatización de sus espacios. Este es un fenómeno frecuente en las ciudades de América Latina, donde los espacios públicos no protegen al ciudadano (8). Son espacios vacíos de ciudadanía o donde la ciudadanía se siente amenazada por la violencia urbana, delictiva o política. En el caso de Santiago, sus habitantes notificaron sentir mayor inseguridad en los espacios públicos que en los privados, situación que se contradice con la información estadística nacional, según la cual, al hacer el cómputo único de hurtos, robos con fuerza y robos con violencia, las residencias están más amenazadas que las personas, las instituciones o los vehículos (3).

En una ciudad socioeconómicamente segregada como Santiago, la percepción de inseguridad en los espacios públicos significa una interacción sumamente escasa entre habitantes pertenecientes a estratos sociales diferentes. La percepción de inseguridad se asocia con el clasismo consustancial a la idiosincrasia del chileno, que ha incidido en su forma de vivir en la ciudad.

Los resultados de este estudio muestran parcialmente que la debilidad de los valores democráticos, la evaluación negativa de las instituciones sociales y el pesimismo frente al futuro del país se asocian con una actitud negativa hacia los medios pacíficos de resolución de conflictos. Esto es especialmente grave en la medida en que se promueven las conductas autoritarias presentes en la población chilena. Así, alrededor de un tercio de la población de la ciudad de Santiago opinó favorablemente sobre la dictadura o se mostró indiferente hacia la existencia de un sistema democrático o dictatorial. Esta opinión fue más frecuente en los estratos socioeconómicos bajos que en los medios y los altos.

Una parte importante de la población de Santiago ha dejado de creer en el futuro y se plantea sobrevivir solamente en el presente. Esto acota una situación que puede encontrarse en el origen del desarrollo de actitudes agresivas y apáticas en los ciudadanos. La actitud negativa hacia la democracia se asocia con la percepción negativa sobre el futuro del país y con la resolución de los conflictos nacionales por medios no pacíficos.

Tanto los planteamientos teóricos que se han postulado en Chile (9), como los resultados de algunos de los análisis de este estudio respaldan la idea de que para superar el temor la gente tiende a adaptarse a la realidad adoptando una postura conformista, homogeneizando las creencias y los comportamientos, y sobreestimando la fuerza como medio para resolver las diferencias. Los resultados de este estudio lo confirman parcialmente: la violencia es un fenómeno social que se genera y reproduce socialmente.

 

Agradecimiento.  Este artículo está basado en los datos del Estudio Multicéntrico sobre Actitudes y Normas Culturales frente a la Violencia (proyecto ACTIVA), que fue realizado en ocho ciudades de América Latina y España bajo el auspicio y coordinación de la Organización Panamericana de la Salud. El estudio en Chile fue realizado por SUR, Centro de Estudios Sociales y Educación, con el auspicio de la Dirección de Organizaciones Sociales del Ministerio Secretaría General de Gobierno.  

 

REFERENCIAS

1. Duff E, Mac Cammant J. Violence and repression in Latin America. New York: The Free Press; 1976.        [ Links ]

2. Camacho A. Las dimensiones de la democracia y la violencia en las Américas. En: Organización Panamericana de la Salud.Conferencia Interamericana sobre Sociedad, Violencia y Salud. Washington, D.C.: OPS; 1994.        [ Links ]

3. Oviedo E. Violencia urbana. Percepción o realidad: el caso de la ciudad de Santiago. En: Programa de Gestión Urbana de las Naciones Unidas. Serie de Gestión Urbana. Vol. 2: Ciudad y violencias en América Latina. Quito: PGU; 1994.        [ Links ]

4. Jocelyn-Holt Letelier A. El peso de la noche: nuestra frágil fortaleza histórica. Buenos Aires: Ariel; 1997.        [ Links ]

5. Chile, Ministerio de Salud, Departamento Programas de las Personas, Unidad de Salud Mental. Orientaciones programáticas, derechos humanos, salud y violencia. Santiago: Ministerio de Salud; 1994.        [ Links ]

6. Centro de Estudios del Desarrollo. Santiago dos ciudades: análisis de la estructura socioeconómica y espacial del Gran Santiago. Santiago: CED; 1990.        [ Links ]

7. De los Ríos R, Guerrero R, McAlister A, Vélez L. Normas culturales y actitudes respecto a la violencia en ciudades seleccionadas de la Región de las Américas. Washington, D.C.: Organización Panamericana de la Salud; 1996.        [ Links ]

8. Borja J. Ciudadanía y espacio público. Barcelona: Centre de Cultura Contemporània de Barcelona; 1998. (Documento mimeografiado.)        [ Links ]

9. Martínez J, Tironi E, Weinstein E. Personas y escenarios en la violencia colectiva. Santiago: Ediciones SUR; 1990.        [ Links ]

 

 

ABSTRACT

Santiago, a fear-stricken city

The general purpose of this article is to determine how citizens’ fear of lack of safety affects the use of public spaces. In an evaluation such as this, it is necessary to analyze two types of relationships pertaining to violence: the one between victimization and a perception of being unsafe, and the one that exists between social attitudes and the peaceful resolution of national conflicts. To this end, an analysis was performed of different variables—victimization, feeling unsafe, use of physical spaces, attitudes toward the established political and social institutions and toward the resolution of national conflicts—and of potential associations between these variables. The data for the study came from a survey of 1 200 persons between 18 and 70 years old who were residents of Santiago. Results show that Santiago’s citizens live in fear and that their perception of a lack of safety has grown more intense, despite the fact that victimization rates remained relatively stable over the years preceding the survey. Fear is associated with an abandonment of both physical and sociopolitical public spaces, as well as with seeking refuge in private spaces and private life. There is a widespread attitude in favor of resolving conflicts through non-peaceful means, and such an attitude is more often associated with feeling unsafe, having negative attitudes toward democracy, and lacking hope in the nation’s future. The results of this study support the notion that, in order to overcome their fear, people tend to adapt to reality by adopting a conformist attitude, taking on standard beliefs and behaviors, and overestimating the use of   force as a way of resolving their differences.

 

 

1  SUR, Centro de Estudios Sociales y Educación; teléfonos: (56-2) 235 8143, 236 0470; fax: (56-2) 235 9091; e-mail: surquico@netline.cl
2  SUR, Centro de Estudios Sociales y Educación; teléfonos: (56-2) 235 8143, 236 0470; fax: (56-2) 235 9091; e-mail: arsur@reuna.cl