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Revista Panamericana de Salud Pública

Print version ISSN 1020-4989

Rev Panam Salud Publica vol.5 n.4-5 Washington Apr. 1999

http://dx.doi.org/10.1590/S1020-49891999000400019 

El culto de la violencia 

 

 

En los Estados Unidos de América el homicidio es la segunda causa de muerte en varones adolescentes, en quienes las armas de fuego causan más muertes que todas las enfermedades combinadas. Si bien las tasas de crímenes, tanto adultos como juveniles, se han reducido en el decenio de los noventa, el número de niños y adolescentes muertos por armas de fuego ha aumentado en 153% desde 1985 hasta 1995. El crimen juvenil se ha vuelto cada vez más violento, los asesinos son cada vez más jóvenes y las armas de fuego son el medio preferido de cometer los actos de violencia. Esta situación no representa un nuevo fenómeno en la historia. Si se considera que la guerra es la forma más organizada de violencia, desde los hoplitas griegos, jenízaros turcos y húsaros polacos hasta los granaderos de Napoleón y selectos Waffen-SS de Hitler, siempre han sido los jóvenes y casi exclusivamente los varones quienes han cometido los actos de violencia y atrocidades. Hoy en día, desde Rwanda hasta Kosovo, son a menudo los jóvenes y aun hasta los niños quienes matan siguiendo la dirección y los prejuicios de sus mayores. Las razones de ese comportamiento son una incógnita, ya sea la perpetuación de "genes asesinos ancestrales", la ritualización prehistórica del temor a los predadores, las concentraciones de testosterona o la desintegración de la familia y la sociedad. Lo que hay en común es una sociedad permisiva con valores que consienten y favorecen —aunque sea tácitamente—, la violencia como forma natural y aceptable de conducta para alcanzar objetivos personales, políticos o económicos.

Puede que exista una fuerte predeterminación biológica, pero el comportamiento violento esencial es tan aprendido como los prejuicios, el odio, la compasión o la responsabilidad. Aun entre los niños más pequeños se observa una leve conducta violenta de carácter limitado, pero por medio de la socialización y el control progresivo de los impulsos el niño se desarrolla moralmente hasta comprender la diferencia entre el bien y el mal y los valores aprobados por la sociedad. Tradicionalmente, la familia y la sociedad han proporcionado los modelos de desarrollo. Hoy en día hay estudios muy persuasivos que sugieren que, en la transferencia de rasgos morales y sociales, "el ambiente no compartido" relacionado con los grupos de iguales es más importante que "el ambiente compartido" de la familia, la escuela y la iglesia. Es decir, que los padres y otras figuras de autoridad han perdido gran parte de su influencia en la determinación del desarrollo del niño y el adolescente. Otra influencia poderosa sobre la mente joven es la de los medios de comunicación y entrenamiento, en los que el deseo de lucro ha determinado que prime el voyeurismo de la violencia. Es muy difícil, si no imposible, controlar la exposición de los niños a las rápidas y numerosas escenas de violencia que aparecen día tras día en las pantallas de televisión, se evocan en la música popular y se ilustran con todo lujo de detalles en las tiras cómicas y los juegos de vídeo. El niño promedio llegará a adulto después de haber presenciado miles de actos violentos y asesinatos en esos medios. La repetición no solo avala ese comportamiento sino que disminuye la capacidad de las imágenes para perturbar y horrorizar. Lo más natural es que ello resulte en el comportamiento autoprotector de desensibilizarse y sentir indiferencia hacia el sufrimiento y la muerte e incapacidad para apreciar los finos matices de la moralidad, los valores sociales, la verdad y la empatía por los demás. La conducta violenta se convierte en una forma aceptable de vengarse, obtener respeto y la propiedad ajena, concluir las disputas y expresar las frustraciones. El componente final de la ecuación de la violencia es la disponibilidad de armas de fuego acumuladas por familias y vecinos. A una juventud inquieta se suma el culto a la violencia y se multiplica por la asequibilidad de armas de fuego, y el resultado es un aumento de la violencia perpetrada en los hogares, las escuelas y las calles por personas cada vez más jóvenes, violentas y mejor armadas. La violencia es la conducta humana más perversa y debe considerarse una enfermedad tan grave como cualquier otra, contra la cual es preciso combatir. (Stuk JP. The cult of violence. KMAJ 1993;96:497-498).