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Revista Panamericana de Salud Pública

Print version ISSN 1020-4989

Rev Panam Salud Publica vol.16 n.6 Washington Dec. 2004

http://dx.doi.org/10.1590/S1020-49892004001200009 

INSTANTÁNEAS

 

Accidentes cerebrovasculares en estadounidenses de origen mexicano

 

 

Entre la población general de los Estados Unidos de América, la causa principal de morbilidad y la tercera causa de muerte son los accidentes cerebrovasculares (ACV), que en gastos directos e indirectos imponen un gasto anual de US$ 50 000 millones. A pesar de que los estadounidenses de origen mexicano son el subgrupo de latinos mayoritario en los Estados Unidos, el más numeroso entre las minorías y el de más rápido crecimiento, no se dispone de datos sobre la porción de enfermedad cerebrovascular que representan. Por lo tanto, es difícil estimar el verdadero efecto de los ACV en la nación. Por cierto, hay factores de riesgo sociales y biológicos asociados a los ACV que afectan mucho más a esa población que a las personas de raza blanca no hispánicas, a saber: la prevalencia más alta de diabetes mellitus y, en muchos casos, una situación socioeconómica difícil y acceso limitado a una atención de salud de buena calidad. Solo con la presencia de esos factores puede predecirse que los ACV ocurrirán con mayor frecuencia en la comunidad mexicanoamericana, pero las estadísticas indican una mortalidad más alta por esa causa en los blancos no hispánicos, especialmente los de mayor edad. Sin embargo, es muy posible que en las estadísticas vitales se subestime la mortali- dad por ACV de alguna colectividad, si el origen étnico no se codifica apropiadamente en las actas de defunción.

Teniendo en cuenta lo anterior, el equipo de investigadores de un proyecto denominado The Brain Attack Surveillance in Corpus Christi [La vigilancia del infarto cerebral en Corpus Christi] comparó la incidencia de ACV entre personas de ascendencia mexicana y personas de raza blanca no hispánicas, mayores de 44 años, por medio de un estudio poblacional. La comunidad estudiada comprende la ciudad de Corpus Christi, parte del condado de Nueces, al sureste del estado de Texas, donde reside una comunidad biétnica no migratoria. Los casos de ACV se determinaron por vigilancia tanto activa como pasiva, con la comprobación de neurólogos debidamente acreditados que ignoraban la etnia de los pacientes.

Desde enero de 2000 hasta diciembre de 2002 se registraron 2 350 episodios de ACV, definidos según los criterios ampliamente establecidos en el ámbito internacional. Dos terceras partes de los casos validados se seleccionaron al azar para administrarles una entrevista estructurada. Esta contenía preguntas sobre factores de riesgo, medicamentos en uso antes del episodio, acceso a la atención médica, raza y etnia. De los casos de infarto cerebral analizados, 53% ocurrieron en descendientes de mexicanos. La incidencia acumulada bruta fue de 168 por 10 000 en mexicanoestadounidenses y de 136 por 10 000 en blancos no hispánicos. En los primeros, la incidencia acumulada fue, de 45 a 59 años de edad: razón de riesgos = 2,04, IC95%: 1,55 a 2,69; de 60 a 74 años de edad: razón de riesgos = 1,58, IC95%: 1,31 a 1,91; de 75 o más años de edad: razón de riesgos = 1,12, IC95%: 0,94 a 1,32. La hemorragia intracerebral fue más común en los mexicanoestadounidenses (razón de riesgos ajustada por edad = 1,63, IC95%: 1,24 a 2,16). Para la hemorragia subaracnoidea en el mismo grupo, la razón de riesgos ajustada por edad fue de 1,57 [IC95%: 0,86 a 2,89]. Durante el período de estudio, hubo personas que sufrieron de dos a cuatro episodios de ACV. La población de ascendencia mexicana mostró una incidencia de infarto cerebral anémico y de hemorragia intracerebral notablemente mayor que la de blancos no hispánicos. El riesgo de sufrir un primer ACV entre los 45 y 59 años de edad fue casi el doble que en blancos no hispánicos. Sin embargo, la diferencia se acercó a cero cuando se compararon los integrantes de ambos grupos de 75 o más años de edad. En el estudio se encontró una interacción significativa entre edad y grupo étnico y la incidencia de infarto cerebral. Esa interacción no se observó en relación a la hemorragia subaracnoidea o intracerebral, si bien se notó una tendencia a esa interacción en la segunda.

Sin duda, la enfermedad cerebrovascular cobrará más y más importancia en la joven población mexicanoestadounidense a medida que esta envejezca. Hay varios aspectos no estudiados que deben abordarse en el futuro próximo. Por una parte, es necesario comparar la gravedad y el desenlace de los ACV entre grupos, en cuanto a la discapacidad y mortalidad resultantes. Asimismo, debe estudiarse el posible componente genético que tal vez produzca la disparidad. Por ejemplo, las malformaciones cavernosas, causa importante de la hemorragia intracerebral, se asocian a una mutación que aparece en grupos de ascendencia mexicana. De todos modos, es preciso concentrar más atención en prevenir los ACV en mexicanoestadounidenses y contar con las medidas terapéuticas que hagan falta para esa población. (Morgenstern LB, et al. Excess stroke in Mexican Americans compared with non-Hispanic whites: The Brain Attack Surveillance in Corpus Christi Project. Am J Epidemiol. 2004; 160(4):376­383.)