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Revista Española de Salud Pública

Print version ISSN 1135-5727

Rev. Esp. Salud Publica vol.80 n.2 Madrid Mar./Apr. 2006

http://dx.doi.org/10.1590/S1135-57272006000200011 

RECORDANDO LOS ORÍGENES

 

Las grandes figuras de la sanidad
Fundadores y directores de instituciones sanitarias

 

 

Don Santiago Ramón y Cajal

 

 

No pretendemos hacer una biografía del profesor Cajal; libros hay a ella dedicados, y, sobre todos, destaca el que, escrito por él mismo, contiene los recuerdos de una vida interesante como la de pocos españoles y contada con tal donaire y sencillez, con riqueza tal de observaciones, con colorido tan vivo y tan graciosa amenidad, que puede satisfacer lo mismo al lector ávido tan sólo de la emoción de un relato que al que pida de él provechosas enseñanzas.

Si no nos atrevemos ni a bosquejar una biografía, menos aún podemos intentar juzgar al maestro. No se puede juzgar sin pasión y sin lejanía, y confesamos que por el Dr. Cajal sentimos exaltada admiración, veneración extremada y apasionado agradecimiento. La lejanía no la tenemos ni en el tiempo ni en el espacio, y sabido es que este distanciamiento se necesita tanto más si es una gran mole la que tenemos que medir y desde un llano. A Cajal, figura gigante, no se la puede juzgar ni aun abarcar completa, menos aun desde el humilde valle de nuestra mediocridad.

Pero sí podemos celebrarle, decir, una vez más, alabanzas y reclamarle para nosotros, sanitarios, como maestro, él que lo es de tantas cosas, de sanitarios, de todos los sanitarios.

A Cajal se debe el Instituto de Alfonso XIII, que fundó y dirigió hasta no hace muchos años, y a él o a sus herederos próximos debemos enseñanzas todos los sanitarios españoles. Este magisterio está reconocido sobriamente en la inscripción que figura grabada sobre el pedestal que sostiene el bronce austero del busto del maestro en la escalinata del Instituto. Dice así: «A D. Santiago Ramón y Cajal, organizador de este Instituto y maestro de todos».

Maestro, sí. Maestro y maestro ejemplar. Ejemplo vivo, su obra, y modelo, su vida de constante y ahincado trabajo. Una vida la suya rica en emociones, en humano calor. No es la vida del hombre «que todo lo aprendió en los libros». Es una vida en la que la niñez es alegría y travesura; la juventud, valor y rebeldía, y la madurez, austeridad y laboriosidad incesante. Y siempre voluntad. Fiera voluntad a prueba de obstáculos y sinsabores. Voluntad puesta a prueba muchas veces y siempre en macha segura de los fines y consciente de los medios.

Cajal nos enseñó a vivir en una época en que dominaba el pesimismo en nuestra tierra, tan necesitada de héroes. Nos enseñó a vivir a luchar y a ser modestos. Y nos enseñó a estudiar y a trabajar. A trabajar con disciplina, con vigor, sujetando prudentemente la fantasía; con entusiasmo, pero con vigilante atención; con precisión, con método ¡Qué gran filósofo D. Santiago, autor de la mejor metodología española!

A su lado se formó bien pronto un núcleo de investigadores que estudiaba mucho, trabajaba con entusiasmo y con desinterés y no hacía frases.

Cortezo creó el Instituto, de cuya organización y dirección se encargó a Cajal, y éste, recogiendo la herencia del antiguo Instituto de Vacunación, que dirigió en un tiempo el Dr. Llavador, logró crear de la nada, como había hecho antes con la Histología, una Anatomía patológica y una Bacteriología española, y, sobre todo, un grupo de investigadores y de higienistas que hiciesen posible la puesta en marcha de una Sanidad Nacional, cuya obra comienza verse y cuyas consecuencias beneficiosas ahora empieza a observarse.

Por todo ello, esta Revista honra hoy sus páginas con el nombre del maestro, a quien no podemos juzgar ni historiar por su enorme valía y la desproporción que respecto a ella supone nuestra humildad. Podemos, debemos y lo hacemos con entusiasmo, exaltar una vez más su magnífica figura de sabio, de maestro y de hombre ejemplar.